No me peino, ni el día de mi boda: crónica de un «no se va a corregir» de dieciocho años
No me peino. Nunca. Tampoco el 14 de junio de 2008, el día de mi boda. Elena abrió el ticket en 2008 y llevamos dieciocho años igual: yo lo cierro, ella lo reabre. Por el camino he acabado explicando la diferencia entre decir que no y dejar un ticket abierto para siempre.
No me peino.
No es que me peine poco, ni que me peine mal, ni que tenga un peinado descuidado como estética. Es que no me peino. El peine no participa. Nunca ha participado.
Y antes de seguir, la aclaración obligatoria, porque sé perfectamente lo que ha pensado media sala: me lavo el pelo. Esto no va de higiene. Va de que después de lavármelo no hago absolutamente nada con él. Se seca como quiere y se coloca donde le parece, y ahí se queda hasta el día siguiente.
En esta casa eso tiene la categoría de conflicto histórico. Elena lleva dieciocho años con el asunto. Nos casamos el 14 de junio de 2008, y ni ese día.
Sobre todo ese día, en realidad. Vamos con eso.

La herramienta. Nunca la he usado. Foto: Crisco 1492, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons; imagen recortada para la portada y disponible bajo la misma licencia.
El día de la boda
Hay una foto por ahí. Bueno, hay unas cuantas.
Elena, impecable. De verdad, impecable, y no lo digo por quedar bien: hubo tiempo, hubo esmero y hubo resultado.
Y a su lado, un señor con exactamente el mismo pelo que tenía el martes anterior.
No hubo discusión previa, ni negociación, ni un momento dramático delante del espejo. Simplemente llegó el día, me duché, me puse un traje que no me había puesto en mi vida, y con el pelo hice lo de siempre: nada.
Lo cuento porque es el dato que zanja cualquier teoría sobre una pereza puntual. El día en el que socialmente está más justificado dedicarle diez minutos al pelo —el único día que se fotografía entero y se mira durante décadas— tampoco lo hice.
No es un despiste que se repite. Es otra cosa.
Lo que es, en realidad
Yo me dedico a esto de los sistemas, y llevo tantos años trabajando con gestores de incidencias que se me ha quedado la cabeza organizada así. Y esto, visto desde ahí, está clarísimo:
Elena abrió un ticket en 2008. Yo lo cierro como «no se va a corregir», ella lo vuelve a abrir, y llevamos dieciocho años dando esa misma vuelta.
Merece la pena explicar el vocabulario, porque hay una diferencia enorme entre las maneras de no arreglar algo, y la mayoría de la gente las mete todas en el mismo saco.
| Estado | Lo que significa de verdad | Aplicado a mi pelo |
|---|---|---|
| No se reproduce | No consigo que me pase a mí | Falso. Pasa todos los días |
| Funciona en mi máquina | A mí me parece bien así | Cierto, pero es una respuesta cobarde |
| Duplicado | Ya lo estamos hablando en otro sitio | Cierto: se habla en varios sitios |
| Por diseño | Es intencionado, no un fallo | Cierto |
| No se va a corregir | He decidido no seguir trabajando en esto, y lo digo | Este |
La distinción no es una tontería, y quien haya trabajado con un cliente exigente sabe por dónde voy.
Cerrar algo como «no se va a corregir» —wontfix, en el argot— significa eso y nada más: se ha decidido no seguir trabajando en esa incidencia. No le da la razón a quien la abrió, ni se la quita.
Lo que lo convierte en una respuesta decente es lo que va pegado a la etiqueta: una explicación. A secas es un portazo; con dos líneas debajo —qué has entendido, qué has decidido y que no va a cambiar— es una respuesta.
Lo verdaderamente feo es la otra opción, la que se ve todos los días: dejar el ticket abierto para siempre. No contestar. Ponerle una etiqueta de «ya lo miraremos» y que se pudra ahí durante seis años, dándole al otro la esperanza de que algún día. Eso no es amabilidad, es cobardía con buena presentación, y hace muchísimo más daño que un no claro. De lo que pasa en el otro extremo del ticket —el aviso que llega sin contexto, el «falla el sistema» a secas— ya escribí hace poco. Esto es la otra mitad: cómo se contesta.
Yo aquí he dicho que no. Con todas las letras, desde el principio y con su explicación detrás. Elena lo sabe, y lo sabía en 2008.
Eso sí, la explicación no tiene ninguna épica, y conviene decirlo antes de que alguien espere una: no hay un trauma detrás, ni una teoría, ni una postura estética que defender. Nunca he sentido la necesidad de hacerlo. Después de tantos años, esa es toda la explicación que puedo dar.
Y lo que hace ella —esto también es información— es volver a abrirlo. No discute la respuesta ni monta un drama: lo reabre. Antes de una boda ajena, antes de una foto, antes de una cena con gente. Y creo que eso dice algo bonito: dieciocho años después sigue pensando que este ticket tiene arreglo. Aunque a mí me toque el papel del que lo cierra sin arreglar nada.
Lo de siempre: es que es «por diseño»
Hay una frase que en mi sector se usa como escudo y que casi siempre es mentira: «no es un fallo, es una característica».
Se dice cuando algo se comporta de forma rara, alguien se queja, y en vez de reconocerlo se rebautiza el problema como si fuera una decisión de producto. Es una forma bastante deshonesta de quitarse el problema de encima, y se nota a un kilómetro.
Pues bien: en mi caso es verdad. Literalmente.
Mi pelo hace lo que hace porque nadie interviene. No hay un intento fallido de peinado; hay una ausencia total de intento. El resultado no es un producto mal terminado: es un producto sin terminar a propósito. Eso, en la jerga de siempre, es exactamente lo que quiere decir «funciona según lo previsto».
Y conecta con algo que me tomo muy en serio profesionalmente, así que aprovecho.
En cualquier producto que hayas usado, la configuración por defecto es lo que va a ver la mayoría de la gente. Puedes poner cincuenta opciones en la pantalla de ajustes, dedicarles semanas y documentarlas maravillosamente: una parte muy importante de los usuarios no va a entrar ahí nunca. Se quedará con lo que venía puesto. Lo he visto en todos los proyectos en los que he trabajado, en unos más que en otros, pero siempre en la misma dirección.
Con lo cual la decisión importante de un producto no es qué se puede configurar. Es qué viene puesto de fábrica, porque eso es lo que terminarán experimentando muchos usuarios. Es lo mismo que conté a cuenta de la pestaña que TikTok te pone delante sin que la elijas, solo que allí el valor por defecto decide qué ves durante horas y aquí decide cómo tengo el pelo.
Yo, con mi pelo, soy el valor por defecto. Salgo de fábrica así.

El tupé, que es el personaje entero. Captura de Johnny Bravo (Hanna-Barbera / Cartoon Network, 1997), reproducida a título de cita. Derechos de sus titulares.
Mi peine honorífico: Johnny Bravo
Ahora bien, peine tengo uno. Honorífico, que es la única categoría en la que un peine y yo podemos convivir, y el cargo se lo he dado a Johnny Bravo.
Me encanta. Me hace muchísima gracia y le tengo un cariño desproporcionado.
Se estrenó en 1997 en Cartoon Network, lo creó Van Partible y duró cuatro temporadas. Pero el dato que importa aquí es otro, y tardé una barbaridad en pillarlo.
Johnny Bravo se peina todo el rato. Lleva el peine encima, se lo saca a cada momento, se repasa el tupé antes de cada intento y tiene toda una coreografía montada alrededor de ese gesto. Es, sin discusión posible, el personaje mejor peinado de la historia de la televisión.
Y casi todos sus intentos de ligar terminan igual: mal. No es que no consiga nunca una cita —alguna cae, y alguna mujer se fija en él—, es que el tupé le funciona muchísimo mejor que todo lo que hace justo después de enseñarlo.
Ese es el personaje entero: un tío que ha decidido que el problema se resuelve en el envoltorio y le dedica al envoltorio el cien por cien de sus recursos. Todo lo demás —escuchar, decir algo interesante, enterarse de con quién está hablando— no se toca. El peinado impecable no es su virtud: es su diagnóstico.
Y ya sé que estoy usando un dibujo animado de 1997 para justificar mis costumbres, que es más o menos el mismo movimiento que me he hecho con los muñecos de He-Man. Culpable en ambos casos.
Pero que conste que la moraleja, si la hay, no es «no te peines». Es que el envoltorio no arregla lo que hay debajo. Importa —ahora vuelvo a eso, porque Elena lleva razón—, pero no sustituye a lo que envuelve. Aplicado a personas y aplicado a productos, donde lo he visto muchísimas más veces: interfaces preciosas por encima de sistemas que no funcionan, presentaciones magníficas de proyectos vacíos, páginas de inicio deslumbrantes que tardan ocho segundos en cargar.
Todo eso es peinarse mucho.
Y Elena, que no gana esta
Voy a ser justo, que para eso escribo yo el artículo.
Elena tiene razón. No en que yo tenga que peinarme —ahí no la tiene, y ahí no la voy a dar—, sino en algo más sutil y más incómodo: es verdad que a la gente le importa.
Cuando alguien te ve por primera vez, procesa la información que tiene delante, y lo que tiene delante es un señor sin peinar. Eso es un dato. Se puede lamentar que el mundo funcione así, pero funciona así, y yo he construido una parte de mi trabajo sobre la idea de que la primera impresión de un sistema condiciona todo lo que viene después. No puedo defender eso en la web de un cliente y hacer como que en mi cabeza no aplica.
También lo veo en casa: una skin de Fortnite no da más potencia; lo que compras es cómo te presentas delante del grupo, y me parece un gasto perfectamente razonable. Es el mismo mecanismo que llevo dieciocho años sin aplicarme a mí.
Así que ella no está corrigiendo una manía. Está señalando un coste real, que yo he decidido pagar.
Eso sí, últimamente le ha añadido un comentario nuevo al ticket: que ya empiezo a clarear por la coronilla. Y mi respuesta es la que llevo dando toda la vida, que de mayor voy a ser calvo, como lo era Javier, mi padre. Todavía no tengo claro si eso es resolver la incidencia o si es que el sistema ha decidido retirar la funcionalidad por su cuenta.
Y aun así: no gana. Dieciocho años, unas cuantas bodas ajenas, no sé cuántas cenas y todas las fotos de familia, y sigo saliendo de casa igual. Este es probablemente el asunto en el que más constancia ha demostrado y menos resultado ha obtenido en toda su vida, y lo digo con verdadera admiración por su empeño.
Ahora bien, tampoco quiero apuntarme una victoria que no es tal, porque conozco el marcador general de esta casa.
Elena no ha ganado esta. Ha ganado un montón de otras. Y unas cuantas las ganó tan bien que ni me enteré de que las estábamos jugando.
En resumen
El ciclo sigue igual —yo cierro, ella reabre— y funciona desde 2008 sin necesidad de más gestión, que para un procedimiento doméstico no está nada mal.
Eso sí, dejo dicho lo siguiente para quien corresponda: si algún día me veis peinado, preguntad. Porque no va a ser porque haya cambiado de opinión.
Va a ser porque ha pasado algo.
Los datos de Johnny Bravo —fecha de estreno, creador, número de episodios y temporadas y estudios de producción— están contrastados con la Wikipedia en inglés y con la lista de episodios de la serie. Lo del peine es responsabilidad exclusivamente mía.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa cerrar una incidencia como «wontfix»?
Que se ha decidido no seguir trabajando en ella. Nada más: la etiqueta no afirma que la petición fuera razonable ni le da la razón a quien la abrió, solo comunica que ahí se para el trabajo. Es distinto de «no se reproduce» (no consigo que me pase), de «duplicado» (ya se está tratando en otro sitio) y de «por diseño» (el comportamiento es intencionado). Por sí sola no es honrada ni deshonesta; lo que la convierte en una respuesta decente es la explicación que la acompaña: demostrar que se ha entendido la petición, comunicar la decisión y no mantener viva una expectativa falsa.
¿Por qué es peor dejar un ticket abierto que rechazarlo?
Porque mantiene una expectativa que nadie va a cumplir. Un rechazo explicado permite a la otra parte buscar alternativas, insistir con más argumentos o dar el asunto por zanjado; una etiqueta de «ya lo miraremos» que dura años consume la atención de todo el mundo, ensucia el registro de trabajo pendiente y acaba minando la confianza en el propio sistema de seguimiento.
¿Cuándo se estrenó Johnny Bravo y cuántos episodios tiene?
La serie, creada por Van Partible, se estrenó el 14 de julio de 1997 en Cartoon Network y estuvo en antena hasta el 27 de agosto de 2004. Dejó 65 episodios regulares y dos especiales, repartidos en cuatro temporadas. Las tres primeras las produjo Hanna-Barbera y la cuarta Cartoon Network Studios. La temporada inicial constó de trece episodios, tras los cuales la serie se detuvo hasta 1999.
¿Por qué importa tanto la configuración por defecto de un producto?
Porque es lo que terminarán experimentando muchos usuarios. Se pueden ofrecer decenas de ajustes y documentarlos bien, pero una parte muy importante de la gente no entra nunca en esa pantalla y se queda con lo que venía puesto de fábrica. Por eso la decisión relevante en el diseño de un producto no es qué se puede configurar, sino qué valor viene activado de origen.
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