Apasionado desde antes
de saber por qué.

Donostia-San Sebastián · 1980

la generación que construyó la web antes de que nadie se lo encargara

Los videojuegos llegaron pronto. No solo para jugar: para entender por qué eran adictivos, qué había detrás de cada pantalla, cómo alguien había conseguido que fueran tan buenos. Esa curiosidad nunca me ha abandonado.

Quería estudiar informática. «Demasiadas matemáticas», dijeron. Me gustaba el dibujo, lo visual. La opción era Historia del Arte —y eso de estudiar tampoco era exactamente lo mío—. Así que empecé Empresariales. Duró poco. Aquello no me emocionaba, no me movía nada por dentro.

Entonces descubrí que existía el FP Superior de Diseño Gráfico.
Algo que desconocía por completo.

En casa no lo vieron con buenos ojos. El FP tenía mala fama, y ellos querían algo «de verdad» para mí. Hubo más de una discusión. Insistí. Y gané.

Me matriculé en CEINPRO, Donostia. Y fue como encajar en el lugar correcto por primera vez en mucho tiempo. El primer año ya estaba haciendo prácticas en una empresa mientras estudiaba. El segundo año monté una empresa con otros, e hice las prácticas en esa propia empresa. Se llamaba Ngrupo Diseño. Tenía poco más de veinte años.

El diseño me enseñó a ver. El código me enseñó a construir. La transición fue natural: siempre me había atraído el lado técnico; quería entender qué pasaba «por debajo». Poco a poco me fui pasando al desarrollo web.

Veinticinco años después, esa pasión no ha disminuido ni un gramo. Sigo siendo el mismo que quería entender cómo funcionaba todo, que se peleó para estudiar lo que le llenaba, y que encontró en el código un lugar donde la curiosidad no tiene techo.

Gran parte de este camino lo he recorrido de forma autodidacta. Nadie me enseñó PHP, ni cómo estructurar una API, ni cómo integrar un modelo de lenguaje en producción. Lo aprendí porque lo necesitaba, porque algo me tiraba hacia ahí, y porque en este mundo la curiosidad bien dirigida vale más que cualquier título. Hoy sigo igual: inteligencia artificial, Python, arquitecturas de agentes, automatización… cada nueva herramienta es un reto que me pone delante del teclado con las mismas ganas que el primero.

Casado desde 2008 y padre de dos hijos. Pocas cosas me han dado más que poder ver anime con ellos —volver a recorrer mundos que ya conocía, pero esta vez desde el otro lado.

El teatro es otra historia que merece contarse. Me apunté sin saber muy bien por qué: perder vergüenza, quitarme el miedo escénico, salir de la zona cómoda. Empecé en un curso de la Kutxa. Luego se apuntó un amigo. Luego hicimos otro curso. Y al final varios de los que habíamos coincidido en esos cursos montamos un grupo: Teatraigo. La obra principal fue Vodevil, con la que nos presentamos a la muestra de teatro joven de Donosti. La ganamos. Llenamos el teatro principal de la ciudad y nos llevamos el premio. Llevo años sin pisarlo, pero los recuerdos de esa época siguen ahí intactos. Lo mejor no fue el premio.

Algunas aficiones vienen de muy atrás. La fotografía, por ejemplo, la heredé completamente de mi padre. Cuando era pequeño llegó a montar un pequeño laboratorio de revelado en el trastero de casa. Pasábamos horas revelando fotografías en blanco y negro, viendo cómo las imágenes aparecían poco a poco sobre el papel. Aquello tenía algo de magia.

Con el tiempo cambiaron las cámaras, desaparecieron los químicos y llegaron los sensores digitales, pero el entusiasmo sigue siendo exactamente el mismo. Cada vez que salgo con una cámara siento que una parte de esa afición sigue conectada directamente con aquellos momentos.

Uniforme habitual: camisa de flores y chancletas. Funciona igual de bien frente al teclado que en la playa.

  • Surf
  • Teatro
  • Montaña
  • Snowboard
  • Dibujo
  • Fotografía
  • Anime

Anime. Crecí con Dragon Ball y Dragon Ball Z —Goku fue el primer héroe que recuerdo con nombre propio. Luego tuve la suerte de volver a vivirlo desde el principio con mis hijos, esta vez desde el otro lado. De ahí saltamos juntos a Naruto, Death Note y My Hero Academia. Tengo opiniones firmes sobre cada arco. Los niños también, y cada vez les da más la razón la historia.

Juegos en familia. Mario Party y Mario Kart son sagrados en casa. Muy competitivos. Los niños ya ganan con demasiada frecuencia. Y luego está Zelda: hemos jugado a todos juntos, somos muy fans del mundo de Hyrule.

En solitario. He jugado a toda la saga Final Fantasy, pero el VII tiene un lugar aparte. El original. No necesita defensa.

Old school total. Las aventuras gráficas de LucasArts son el pináculo del entretenimiento interactivo: Monkey Island, Maniac Mansion… Y las de Sierra también — King’s Quest, Space Quest, Leisure Suit Larry… Disco duro de 386, manual en papel y diccionario por si las moscas.

GIFs. Los uso en todas partes: Slack, WhatsApp, presentaciones, respuestas de email. No lo veo como frikada —lo veo como comunicación de precisión. Un gif bien elegido transmite tono, matiz y contexto en 600 milisegundos, sin ambigüedad. Si te respondo con un gif, significa que me pareció la respuesta exacta.

Funko Pops y Amiibos. Sí, colecciono. No, no pienso parar.

De pequeño soñaba con ser programador de videojuegos. No se ha cumplido del todo, pero parte de lo que soy hoy es por culpa —o gracias a— esa obsesión. Entre experimento y experimento también he hecho algún que otro jueguillo propio. Y no descarto volver a hacerlo.

2003

2.º Premio, Concurso de Escaparatismo de Gipuzkoa — Cámara de Comercio de Gipuzkoa

2008

Mejor Web de Utilidad — Premios Buber Sariak (sidrerias.ws)