Cultura

La camisa hawaiana te regaló el viernes informal

La camisa aloha nació en Hawái de sastres japoneses que cosían con telas de kimono. En 1962 el gremio textil regaló dos a cada parlamentario para normalizarla en el trabajo, y años después la costumbre acabó llamándose Aloha Friday. Y ya que estamos: el tono en los equipos técnicos.

Primero de julio. Día del Aloha, que en los calendarios de efemérides aparece como una invitación bastante razonable: ponte una camisa hawaiana y trata bien a la gente.

Conviene decir de entrada que es una efeméride de calendario popular, sin respaldo institucional y sin relación con las celebraciones oficiales de Hawái —que tiene su Lei Day el 1 de mayo y sus Aloha Festivals en otoño—. Pero la excusa es buena, porque la camisa hawaiana tiene detrás una historia mucho mejor de la que merece una prenda con piñas estampadas. Entre otras cosas porque es uno de los antecedentes del viernes informal, y por tanto de la sudadera con la que probablemente estés leyendo esto.

Camisas hawaianas de colores colgadas en un expositor de una tienda

Camisas aloha a la venta en Papeete. Foto: Vera y Jean-Christophe, CC BY-SA 2.0; imagen recortada y disponible bajo la misma licencia.

De dónde sale la camisa

La camisa aloha nace en Hawái entre los años veinte y treinta, y su origen es un cruce cultural bastante bonito: sastres locales, muchos de ellos de origen japonés, empezaron a confeccionar camisas de manga corta usando telas de kimono. De ahí los estampados, que no eran «tropicales» sino textiles japoneses aplicados a una prenda occidental en una isla del Pacífico.

El término «aloha shirt» aparece impreso por primera vez en un anuncio de la sastrería Musa-Shiya, en Honolulú, en junio de 1935; poco después, entre 1936 y 1937, el comerciante Ellery Chun registró las marcas «Aloha Sportswear» y «Aloha shirt». Quién la inventó sigue siendo discusión abierta: probablemente ninguno de los dos. Los dos la convirtieron en negocio, que no es lo mismo.

O sea: una prenda mestiza, inventada por inmigrantes, vendida a turistas y convertida décadas después en símbolo de identidad local. Como casi todo lo bueno.

El Aloha Friday, que te ha cambiado la vida sin que lo sepas

Aquí viene lo interesante.

En 1962, el gremio de la moda hawaiana montó una campaña con un descaro comercial admirable: la llamaron Operation Liberation y consistió en regalar dos camisas a cada miembro del parlamento del estado. El objetivo era que se permitiera vestirlas en el trabajo, oficialmente por el calor del verano y extraoficialmente para vender más género. Salió bien: se aprobó una resolución recomendando el uso de ropa aloha en los meses de verano y, en 1966, la costumbre ya tenía nombre propio: Aloha Friday.

De ahí saltó al continente. No fue la única causa del casual Friday —la vestimenta informal de oficina se consolidó décadas después, con sus propias campañas y su propio contexto—, pero sí uno de sus antecedentes documentados y el que le dio la idea del viernes como día distinto.

El mecanismo es fascinante igualmente: una campaña para vender más camisas acabó dejando huella en el código de vestimenta de medio mundo. De ahí a la sudadera del programador hay menos distancia de la que parece.

Es la misma historia que San Publicito o el Día de la Chancla: una idea comercial que se independiza de quien la lanzó y se queda a vivir en la cultura. Yo, que me dedico a esto, siento por estos casos una mezcla de admiración profesional y respeto reverencial.

Aloha no significa «hola»

Y ahora la parte que me interesa de verdad.

Aloha se usa como saludo y como despedida, pero su significado es bastante más amplio: afecto, compasión, respeto, presencia. Y en Hawái está incluso recogido por escrito en la ley: el artículo 5-7.5 de sus estatutos define el espíritu del aloha desglosándolo en cinco palabras hawaianas —amabilidad, unidad, cortesía, humildad y paciencia—.

Y la letra pequeña es lo mejor: no obliga a nada. Dice que los cargos públicos del estado pueden tenerlo en cuenta al ejercer sus funciones. No sanciona, no es norma laboral y no alcanza a las empresas. Una declaración de principios metida en un código legal, que me parece una idea preciosa y que voy a aprovechar descaradamente para hablar de nuestro sector.

Porque si algo tiene mal la cultura técnica es el tono.

Nuestro oficio ha normalizado una forma de comunicarse que en cualquier otro ámbito se consideraría maleducada, y encima la ha disfrazado de virtud. La llamamos «franqueza», «rigor», «no tener pelos en la lengua». Y con frecuencia es simplemente hablarle mal a alguien delante de otros.

Cuatro ejemplos que todos hemos vivido o cometido:

  • La revisión que corrige a la persona en vez de al código. «¿En serio has hecho esto así?» no es una observación técnica: es una nota personal con formato de ticket.
  • El «eso es trivial». Solo comunica que quien lo dice ya lo sabía, que es un dato sobre él y no sobre el problema.
  • El silencio como respuesta. Cuesta menos escribir «ahora no puedo, te contesto luego» que dejar a alguien mirando la pantalla media mañana.
  • Reírse de la pregunta de quien acaba de entrar. La forma más barata de garantizar que esa persona no vuelva a preguntar y meta la pata en silencio.

Yo he sido el impaciente de la sala más veces de las que me gustaría. Y con los años he llegado a una conclusión bastante poco épica: en los equipos en los que he trabajado, el talento áspero rendía menos de lo que prometía, porque su rendimiento se lo comía lo que dejaba alrededor —preguntas que ya nadie hacía, errores que se tapaban, gente que prefería no consultarle—. No es una ley, y he visto excepciones. Pero cuando hay que apostar, apuesto a eso.

Cómo celebrarlo

Ponte la camisa —si es horrenda, mejor, ese es el punto—. Contesta con paciencia a la pregunta tonta, sobre todo si la hace alguien nuevo. En tu próxima revisión escribe sobre el código: «esto puede fallar si llega vacío» en lugar de «no has validado nada». Y da las gracias a alguien por algo concreto, que es lo único que se recuerda.

Feliz Día del Aloha.

Que hoy es viernes en alguna parte y la camisa lo sabe.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es el origen de la camisa hawaiana?

Aparece en Hawái entre los años veinte y treinta del siglo XX, cuando sastres locales, buena parte de ellos de origen japonés, empezaron a confeccionar camisas de manga corta empleando telas de kimono. El término "aloha shirt" figura impreso por primera vez en un anuncio de la sastrería Musa-Shiya en el Honolulu Advertiser, en junio de 1935, y entre 1936 y 1937 el comerciante Ellery Chun registró las marcas "Aloha Sportswear" y "Aloha shirt". Cuál de los dos fue primero sigue discutiéndose; lo razonable es decir que ninguno inventó la prenda y que ambos la convirtieron en negocio.

¿De dónde viene el viernes informal?

Uno de sus antecedentes documentados es el Aloha Friday hawaiano. En 1962 el gremio de la moda de Hawái repartió dos camisas aloha a cada miembro del parlamento estatal —la campaña se llamó Operation Liberation— para que se autorizara vestirlas en el trabajo, con el argumento del calor y el interés de sostener la industria textil local. Se aprobó una resolución que las recomendaba en verano y hacia 1966 la costumbre ya tenía nombre. El casual Friday que se generalizó después en el continente y en el resto del mundo tuvo sus propias campañas y su propio contexto, de modo que el Aloha Friday es un precedente, no la causa única.

¿Qué significa "aloha"?

Se emplea como saludo y como despedida, pero su sentido es más amplio: designa una actitud de afecto, compasión y respeto hacia los demás. La ley hawaiana lo recoge en el artículo 5-7.5 de sus estatutos revisados, donde se define el espíritu del aloha a partir de cinco términos hawaianos: amabilidad, unidad, cortesía, humildad y paciencia. Es una formulación de principios, no una obligación: el texto dice que los cargos públicos del estado pueden tenerlo en cuenta al ejercer sus funciones, y no establece sanción alguna ni afecta a las empresas.

¿Cómo se escribe una buena revisión de código?

Dirigiéndose al código y no a quien lo escribió, describiendo el problema concreto y su consecuencia en lugar de valorar la decisión de la persona. "Esto puede fallar si el valor llega vacío" aporta información accionable; "no has validado nada" solo emite un juicio. Conviene además distinguir explícitamente entre lo que bloquea la aprobación y lo que es una simple preferencia.

¿Por qué es contraproducente decir que algo es trivial?

Porque no aporta información sobre el problema, solo indica que quien lo dice ya conocía la respuesta. En la práctica desincentiva que se vuelvan a plantear dudas, lo que lleva a que los errores se cometan en silencio y se detecten más tarde y con mayor coste.

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