Cultura

El gran héroe americano aprendía en producción

Hoy hace cuarenta y dos años que TVE estrenó El gran héroe americano. A un profesor le dan un traje de superhéroe y pierde el manual el primer día. De ahí salen los aterrizajes, el segundo manual que también se pierde y una idea útil: entregar una herramienta y enseñar a usarla son dos trabajos distintos.

Hoy hace cuarenta y dos años que TVE estrenó El gran héroe americano. Según las fichas españolas que conservan aquella programación fue el 20 de agosto de 1984, un lunes, y se emitió aquel verano y el siguiente.

La vi de pequeño, en TVE, que entonces era donde se veían las cosas: no la eligió nadie, estaba puesta. Me quedan recuerdos leves y buenos, que no es mala combinación.

Y no me engaño: hoy, en casa, no aguantaríamos dos capítulos seguidos. Una serie de 1981 no lleva el ritmo de lo que vemos ahora. Lo que sí ha aguantado bien es la idea que tiene debajo.

La premisa cabe en una frase. A un profesor le regalan unos extraterrestres un traje que le convierte en superhéroe, y pierde el manual de instrucciones el primer día.

Eso no es el punto de partida de una serie de superhéroes. Eso es el punto de partida de casi todos los proyectos que he heredado.

Un profesor, un agente del FBI y una nave

The Greatest American Hero se estrenó en la ABC el 18 de marzo de 1981, con un piloto de dos horas. La creó Stephen J. Cannell, que dos años después crearía El Equipo A junto a Frank Lupo. Duró tres temporadas, hasta febrero de 1983, y dejó algo más de cuarenta episodios. El número exacto cambia según la fuente y la edición, porque no todas catalogan igual el piloto, los capítulos que no llegaron a emitirse en la programación original y el intento de relevo de 1986.

Ralph Hinkley —William Katt, con aquel pelo— es profesor de educación especial en un instituto de Los Ángeles. Está de excursión con sus alumnos por el desierto de California cuando se encuentra con Bill Maxwell, agente del FBI (Robert Culp), que anda por allí por sus propios motivos. Aparece una nave. Los eligen a los dos: a Ralph le dan el traje, a Bill le dan a Ralph, y a ambos les dan un encargo genérico —el crimen, la injusticia, el planeta— y un cuaderno de instrucciones.

El cuaderno se pierde en el desierto.

Y ese es el motor de la serie entera. No es que la herramienta fallase. El traje funciona perfectamente: vuela, resiste balas, levanta coches. Lo que falta es el documento que explica cómo se usa, y no hay a quién preguntarle, porque los que lo entregaron ya se han ido.

Ilustración del traje rojo con capa negra y el emblema circular en el pecho

El traje: rojo, capa negra, cinturón blanco y el emblema en el pecho. Ilustración de Supertoni123, CC BY-SA 4.0; compuesta aquí sobre fondo claro y disponible bajo la misma licencia.

Ese emblema del pecho, por cierto, lo llevo puesto de vez en cuando. Durante años íbamos de vacaciones a Cambrils y cada verano pasábamos por una tienda de artículos frikis que estampaba camisetas; de una de aquellas visitas salí con una camiseta roja con el logo del traje.

Emblema del traje: dos formas rojas y una punta central sobre un círculo blanco con borde negro

Este. Recreación del emblema por Supertoni123, CC BY-SA 4.0; compuesta sobre fondo claro y disponible bajo la misma licencia.

Casi nadie lo reconoce. Y cuando alguien lo reconoce me hace una gracia enorme, que es más o menos la definición de una referencia compartida: no sirve de nada hasta que hay otra persona que también la tiene.

Un apunte para los que la recuerden por la música antes que por la trama: la sintonía es «Believe It or Not», de Mike Post y Stephen Geyer, cantada por Joey Scarbury, y llegó al número 2 del Billboard Hot 100 en 1981. Aquí hubo además versión en español, «Lo creas o no», grabada por Mocedades. Y en 1997 Seinfeld la resucitó en el contestador de George Costanza: «Believe it or not, George isn't at home».

Instalación completada, formación pendiente, soporte desaparecido

Fíjate en cómo entregan el traje los extraterrestres. Aparecen, lo dejan, dejan el manual y se van.

No hay formación. No hay mentor. No hay canal de soporte —vuelven de higos a brevas, y cuando quieren ellos—. No hay ni siquiera una lista de lo que la cosa hace. Es un despliegue empresarial de manual, en el peor sentido: entregado, cerrado y facturado.

Esto lo he visto tantas veces que ya casi no me indigna:

  • La web que se entrega un viernes con un «cualquier cosa, nos dices».
  • El panel con cuarenta métricas y ninguna definición de qué mide cada una.
  • La documentación de una API autogenerada a partir del código: lista todos los endpoints y no explica ninguno.
  • El proyecto heredado cuyo único despliegue conocido es un .sh con el nombre de alguien que ya no trabaja aquí.
  • El ERP con dos horas de formación grabadas que nadie ha vuelto a abrir.

Entregar una herramienta y enseñar a usarla son dos trabajos distintos, pero no siempre se presupuestan como tales. El segundo pesa mucho en si lo que has montado sigue sirviendo dentro de seis meses, y es de los primeros que caen cuando el proyecto va justo.

Es, por cierto, la misma conversación de «yo no necesito mantenimiento web»: el software no es una obra que se entrega, es una cosa viva que alguien tiene que saber manejar.

Los aterrizajes

Ralph vuela desde el primer capítulo. Aterrizar es otra historia: se estrella contra setos, derrapa por el asfalto y llega a los sitios rodando. Fue el gag recurrente de la serie y lo que la hacía graciosa.

Pero el gag esconde algo bastante serio: Ralph no es torpe. Ralph está aprendiendo en producción. Cada intento es una calle de verdad, a plena luz, con gente delante y sin posibilidad de repetir la toma.

Y aquí me toca ser honesto, porque yo también aprendo así, y muchas veces está bien. Hay cosas que no se entienden leyendo: se entienden ejecutándolas y viendo qué sale. El problema no es el método.

El problema es el coste del aterrizaje.

La diferencia entre Ralph y nosotros no es la técnica: es que nosotros sí podemos permitirnos un sitio donde estrellarnos barato. Un --dry-run. Una copia de la base de datos. Un entorno de pruebas que se parezca al de verdad. Un despliegue que se pueda deshacer en un minuto.

Cuando ese sitio no existe, el aprendizaje sale igual de caro que en la serie, solo que sin risas: Knight Capital tardó 45 minutos en descubrir en producción lo que hacía un trozo de código que llevaba ocho años ahí sin que nadie supiera muy bien qué era.

Antes de aprender en producción, pon precio al aterrizaje. Si es alto, el trabajo de hoy no es aprender: es construirte un sitio donde caerte.

El segundo manual también se perdió

Esto es lo que más gracia me hace de la serie, y lo que mejor ha envejecido.

En el arranque de la tercera temporada, en «Divorce, Venusian Style» —29 de octubre de 1982—, Ralph se encuentra con uno de los alienígenas y consigue otro manual. Le advierten de que es la última copia que queda.

Lo pierde también.

Y ahí la serie, sin pretenderlo, dice una verdad grande sobre la documentación: no es un objeto que se entrega, es un hábito que se mantiene. Un manual que llega una vez y del que nadie se ocupa después no dura. Se pierde, o peor: se queda, y miente.

  • El README que describe una instalación que ya no funciona.
  • La wiki con cuatrocientas páginas donde nadie sabe cuál está vigente.
  • El documento maestro que vivía en el Drive de quien se fue.
  • El procedimiento de recuperación que nadie ha ejecutado nunca de principio a fin.

La pregunta útil no es «¿esto está documentado?». La pregunta útil es «¿cuándo fue la última vez que alguien lo siguió entero y funcionó?». Si no hay respuesta, no está documentado: está escrito, que es otra cosa.

De ahí mi manía con convertir manuales en cosas que se ejecutan —un script, un make, un comando de consola con --dry—. Un documento puede quedarse obsoleto en silencio durante años. Un script que ya no funciona te lo dice la primera vez que lo lanzas.

Lo que Ralph nunca supo: qué más ignoraba

Hagamos la lista de lo que hace el traje, que es más larga de lo que la memoria dice: vuelo, superfuerza, invisibilidad, resistencia a las balas, telequinesis, velocidad, precognición, visión a distancia, psicometría —tocar un objeto y ver lo que le pasó—. Y alguno más que aparece en un capítulo y no vuelve a mencionarse jamás.

Fíjate en lo que eso significa. La serie no tenía una lista cerrada de poderes. Y Ralph tampoco. Cada capítulo descubría uno nuevo, casi siempre por accidente y casi siempre con prisa.

Aquí está, para mí, la tesis de la serie, y es mejor que la de la mayoría de las series de superhéroes:

El problema de Ralph no era no saber usar el traje. Era que cada vez que aprendía algo, seguía sin saber qué más ignoraba.

Con las herramientas de nuestro oficio pasa exactamente igual, y hay tres niveles que conviene no confundir:

  1. Usarla. Consigues el resultado que querías.
  2. Entenderla. Sabes por qué salió, y puedes predecir qué pasará si cambias algo.
  3. Poder mantenerla. Otra persona, dentro de un año, puede volver a hacerlo sin llamarte.

Ralph avanzó bastante en el primero y a ratos llegó al segundo: aprendió a provocar capacidades que ya conocía y a usarlas a propósito, no todo le pasaba por accidente. Lo que nunca pudo fue el tercero. No tenía forma de saber si entendía el sistema entero, ni de dejarle a nadie una manera fiable de seguir desde donde él había llegado.

Se sale del día así muchas veces —a intuición, a parches y a la tercera prueba—, y no siempre está mal: a veces es lo único que hay. Pero si eso no se convierte después en una nota, una prueba automática o una herramienta, no has aprendido: has sobrevivido. Y el siguiente que se ponga el traje empieza desde cero.

Es la otra cara de «lo supuse, no lo verifiqué»: suponer lo que hace una herramienta sale barato mientras aciertas.

Hinkley, Hanley y el capítulo que hubo que redoblar

Un detalle de producción que no me resisto a contar, porque es un caso de libro de cambio impuesto desde fuera.

Doce días después del estreno, el 30 de marzo de 1981, John Hinckley Jr. disparó contra Reagan. El apellido del protagonista sonaba exactamente igual.

La productora hizo lo que se puede hacer con material ya rodado: taparlo. Y el detalle de cómo lo taparon es lo bueno.

En «Here's Looking at You, Kid», emitido a los pocos días, un «Mister Hinkley» de un alumno pasó a ser «Mister H» por redoblaje, y en una escena de aeropuerto metieron ruido de motores encima del diálogo para que no se oyeran otras dos menciones del apellido. Dos semanas después, en «Reseda Rose», ya doblaron sistemáticamente Hanley encima de cada Hinkley, que salía a menudo. En «The Best Desk Scenario» hay una placa de puerta que dice «Ralph Hanley». Y en el estreno de la segunda temporada el personaje volvió a llamarse Hinkley.

La lección, para quien haya tenido que renombrar algo en caliente: el nombre de una cosa acaba en muchos más sitios de los que crees. En la base de datos, en las URLs, en las integraciones, en los correos automáticos, en el material que ya está impreso. Un renombrado a posteriori casi nunca sale limpio, deja costuras, y hay soportes donde ya no se puede hacer ni un grep ni un reemplazo: las cintas ya emitidas, como los correos ya enviados y los enlaces que otros ya han publicado.

El relevo que llegó tarde

Coda: en 1986, tres años después de la cancelación, se rodó The Greatest American Heroine. La identidad de Ralph se ha hecho pública, los alienígenas le piden que busque a alguien que le sustituya —Holly Hathaway, una maestra— y, de paso, le borran al mundo el recuerdo de sus hazañas. No se compró como serie; el material acabó montado como un episodio más y así circula desde entonces.

Es un traspaso, y tiene el problema de todos los traspasos malos: Ralph le puede pasar el traje, pero no le puede pasar el manual, porque nunca lo tuvo.

Eso es exactamente lo que se pierde cuando alguien se va de un equipo. Los accesos se revocan en cinco minutos. Lo que no se revoca ni se transfiere es todo lo que aquella persona había aprendido a fuerza de estrellarse y no llegó a escribir en ninguna parte.

Feliz aniversario

Cuatro cosas que se pueden hacer hoy mismo, ninguna lleva más de una hora:

  1. Coge el proyecto peor documentado que tengas y escribe solo el arranque: cómo se levanta, dónde vive y a quién se avisa cuando falla. Nada más. Ese folio ya contiene buena parte de lo más urgente de un manual.
  2. La próxima incidencia que resuelvas de milagro, no cierres el ticket sin tres líneas: qué probaste, qué funcionó y qué sigues sin entender. La tercera línea es la importante.
  3. Ponle fecha a tu documentación. Busca el último procedimiento crítico que escribiste y pregunta cuándo lo siguió alguien entero por última vez. Si nadie lo sabe, agéndalo.
  4. Si entregas algo esta semana, reserva una hora para enseñar a usarlo. Es una hora barata comparada con lo que cuesta entregar algo que nadie sabe manejar: un traje sin instrucciones.

(Cuarenta y dos años después sigo sin saber si el traje tenía más poderes de los que llegó a enseñar: la serie se canceló antes de averiguarlo. A algunos proyectos les pasa lo mismo, y acaban dejando por ahí funciones que nadie llegó a conocer del todo.)


Fuentes: la serie en la Wikipedia en inglés y en la española —de donde salen el estreno en la ABC, el reparto, los poderes y el cambio de apellido—, con la lista de episodios para situar «Divorce, Venusian Style» y el recuento de capítulos; el estreno en TVE el 20 de agosto de 1984 lo recogen las fichas y hemerotecas de aficionados que he consultado (Nostalgia 80), sin que haya dado con la parrilla original, y hay quien sitúa las reposiciones en las sobremesas de los domingos hasta 1986 (Valencia Plaza). «Lo creas o no», la versión española de la sintonía, en la ficha de Mocedades. El contestador de George, en «The Susie» (1997).

Preguntas frecuentes

¿Cuándo se estrenó «El gran héroe americano» en España?

Según las fichas españolas que conservan aquella programación, TVE la estrenó el 20 de agosto de 1984, un lunes, y la emitió durante aquel verano y el siguiente; algunas sitúan además reposiciones en las sobremesas dominicales hasta 1986. En Estados Unidos se había estrenado tres años antes: la ABC emitió el piloto de dos horas el 18 de marzo de 1981 y la serie terminó en febrero de 1983, tras tres temporadas. El número total de episodios varía entre 43 y 45 según la fuente y la edición, porque no todas catalogan igual el piloto, los capítulos que no llegaron a emitirse en la programación original y el intento de relevo de 1986.

¿Por qué Ralph Hinkley no sabe manejar el traje?

Porque pierde el manual. En el piloto, durante una excursión escolar por el desierto de California, unos extraterrestres entregan el traje al profesor Ralph Hinkley y al agente del FBI Bill Maxwell junto con un cuaderno de instrucciones, y ese cuaderno se pierde en el desierto. A partir de ahí el personaje descubre las funciones del traje por prueba y error, aunque con el tiempo aprende a provocar y reutilizar algunas de ellas a propósito. En «Divorce, Venusian Style», el episodio que abre la tercera temporada el 29 de octubre de 1982, consigue un segundo manual —presentado como la última copia disponible— y también acaba perdiéndolo.

¿Qué poderes tiene el traje de la serie?

Los que se muestran a lo largo de las tres temporadas incluyen vuelo, superfuerza, resistencia a las balas, invisibilidad, telequinesis, supervelocidad, precognición, visión a distancia y psicometría, es decir, percibir lo ocurrido a un objeto al tocarlo. Algunas capacidades aparecen en un único episodio y no se vuelven a mencionar. La serie nunca fijó una lista cerrada de poderes, lo que forma parte de su premisa: el personaje no sabe en ningún momento qué más es capaz de hacer el traje.

¿Por qué el protagonista se llamó «Hanley» durante un tiempo?

Por el atentado contra Ronald Reagan. El 30 de marzo de 1981, doce días después del estreno de la serie, John Hinckley Jr. disparó contra el presidente. El apellido del protagonista, Hinkley, sonaba igual, y la producción intervino los episodios ya rodados. En «Here's Looking at You, Kid», emitido pocos días después, un «Mister Hinkley» se redobló como «Mister H» y en una escena de aeropuerto se añadió ruido de motores para tapar otras dos menciones. En «Reseda Rose», dos semanas más tarde, se dobló sistemáticamente «Hanley» sobre «Hinkley». En «The Best Desk Scenario» aparece una placa con el nombre «Ralph Hanley». El apellido original se recuperó en el estreno de la segunda temporada, «The Two-Hundred-Mile-an-Hour Fast Ball». Es un ejemplo de renombrado forzoso sobre material ya producido y distribuido, donde la corrección deja costuras visibles.

¿Quién canta la sintonía y hubo versión en español?

La sintonía es «Believe It or Not», compuesta por Mike Post con letra de Stephen Geyer e interpretada por Joey Scarbury, que en 1981 alcanzó el número 2 de la lista Billboard Hot 100 en Estados Unidos. En español existe una versión titulada «Lo creas o no», grabada por Mocedades. La canción tuvo una segunda vida en 1997, cuando «Seinfeld» la parodió en el mensaje del contestador automático de George Costanza en el episodio «The Susie».

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