De 4 a 8 megas de RAM: mi padre, un 286 y todo lo que aprendí cacharreando
Hoy cumplo 46 años, y un cumpleaños es también el aniversario del día en que alguien se convirtió en tu padre. Se llamaba Javier, y así le llamábamos mi hermano Taka y yo. Metió un 286 en casa cuando nadie sabía qué era eso y montaba bases de datos en dBase.
Hoy es 28 de septiembre y cumplo 46 años. Nací en 1980, el año de Pac-Man, así que técnicamente llevo toda la vida en el sector.
Pero un cumpleaños no es solo el día en que naciste. Es también el aniversario del día en que dos personas te vieron la cara por primera vez. Y hoy me apetece hablar de uno de ellos.
Murió el 28 de enero de 2024. De repente, sin avisar, sin darnos opción a despedirnos. Los dos somos de un 28. No significa nada. Me gusta igual.
Este no es un artículo triste. Es un artículo sobre megabytes.

Una placa base de 286 en formato Baby AT, con los zócalos de memoria a la vista. Foto: Anabase, CC BY-SA 3.0; imagen recortada y disponible bajo la misma licencia.
Se llamaba Javier
Y así le llamábamos.
Ni papá, ni padre. Javier. Mi hermano Taka y yo le llamábamos Javier desde que tengo memoria, y ninguno de los dos recuerda haber decidido nada: nos llevó él ahí, por algún motivo que ya no le puedo preguntar.
Sé que visto desde fuera chirría un poco. Que suena distante. Que la gente pone una cara cuando lo cuentas.
En casa no era eso, ni de lejos. «Javier» nunca fue el nombre de un señor: era aita, dicho con otras letras. Mismo peso, misma persona, misma mano en el hombro. Un nombre propio dicho por un hijo es la palabra menos fría que existe.
Y tampoco era solo él. En casa eran Javier y Vivi.
Mi madre tampoco fue nunca mamá: era Vivi. Es Vivi, mejor dicho, porque está estupendamente y no pienso hablar de ella en pasado. Se separaron hace muchísimos años y ni eso movió una letra. Pero este artículo no es sobre ella.
Con los nietos, en cambio, sí hubo una decisión, y la tomé yo. Quise que Pablo y Jon le llamaran Abu, que es exactamente como Taka y yo llamábamos al padre de Javier. La misma palabra, una generación más abajo.
Y ya que estoy con los nombres, digo el mío, que nunca lo he dicho en voz alta: a mí me llaman aita. Pablo y Jon me llaman aita y me gusta. Me gusta mucho.
Así que no, no reproduje lo de mi casa. Tampoco fue una enmienda a nada: cada casa encuentra su palabra, y la nuestra es esa.
De todos aquellos nombres, el único que ha pasado a la siguiente generación es Abu. Javier se quedó en Taka y en mí.
Y luego están Taka y Tatón, que es como nos llaman a mi hermano y a mí desde hace años y para mucha gente. Dos motes con su propia historia, que no es esta.
Así que a lo largo de todo el artículo voy a llamarle Javier. No es distancia.
Es lo contrario.
El día que duplicamos la RAM
Teníamos cuatro megas de RAM. Cuatro. Y un día Javier llegó a casa con otros cuatro.
Aquello fue un acontecimiento familiar. Se despejó la mesa del comedor, se sacó el destornillador de estrella, se tumbó la torre de lado y se abrió con el cuidado con el que se abre un reloj antiguo. Taka y yo, uno a cada lado, con la orden expresa de no tocar nada y las manos tocándolo todo. Los módulos entraban en diagonal y luego se levantaban hasta que hacían clic. Si no hacían clic, mal. Si hacían clic y aun así no arrancaba, peor.
Arrancó. Y cuando el POST contó 8192 KB en la esquina superior izquierda de la pantalla, en mi casa hubo una emoción de gol en el minuto noventa.
Ocho megas.
Hoy tengo dieciséis gigas en el portátil y hay días que no me dan ni para abrir el navegador y el entorno de desarrollo a la vez. Hemos multiplicado la memoria por dos mil, y el ordenador tarda aproximadamente lo mismo en estar listo para trabajar.
Eso tiene nombre —o, al menos, un aforismo que lo describe bastante bien—: la ley de Wirth. El software se vuelve más lento más deprisa de lo que el hardware se vuelve rápido. Niklaus Wirth la enunció en 1995, cuando lo peor todavía no había llegado.
Javier no la había leído. Pero cada vez que un programa nuevo iba lento decía la versión de andar por casa: «esto lo ha hecho alguien que tenía un ordenador mejor que el mío». Que es el mismo teorema, con más gracia.
Un 286 cuando nadie sabía qué era eso
En mi casa había un 286 cuando en la mayoría de las casas de mi barrio no había ordenador. Ni la palabra.
Después vino el 386. Luego el 486. Luego el Pentium. Y con cada salto, el mismo ritual: abrir, mirar, entender, montar, rezar un poco.
Los que no vivisteis aquello os habéis perdido dos cosas maravillosas:
El botón Turbo. Un botón en el frontal que ponía TURBO y que vivía pulsado, porque pulsado era ir a la velocidad normal de la máquina. Lo raro era soltarlo: frenaba el ordenador a propósito para que los juegos viejos —programados contando ciclos de reloj— no fueran a velocidad de dibujo animado. El primer botón de compatibilidad hacia atrás que toqué en mi vida: TURBO no daba velocidad extra, simplemente dejaba de quitártela. Bienvenidos al oficio.
Los 640 KB. DOS solo dejaba a los programas la primera parte de la memoria: 640 kilobytes. Da igual que tuvieras ocho megas puestos; el juego quería sitio ahí abajo. Así que te pasabas la tarde editando el config.sys y el autoexec.bat, cargando el ratón en memoria alta con devicehigh, quitando el smartdrv, peleándote con himem.sys y emm386 para arañar cuatro kilobytes.
Cuatro kilobytes.
He gestionado presupuestos de proyecto, plazos imposibles y equipos de varias personas, y sigo pensando que la asignación de recursos más brutal que he practicado nunca fue conseguir que a un juego le cupieran los últimos 3 KB en la memoria convencional un martes por la tarde. Con doce años. Con Taka sujetando el manual abierto por la página de los parámetros y Javier mirando por encima del hombro y diciendo «prueba a quitar el CD-ROM».
Éramos tres personas depurando un arranque. Ninguna de las tres sabía lo que era depurar.
Un Commodore 64 y una de las primeras consolas
Antes del PC hubo un Commodore 64 y una consola de las primeras que existieron.
El C64 tenía una virtud pedagógica que se ha perdido: arrancaba en un intérprete. Encendías y te salía un cursor parpadeando esperando órdenes. Sin escritorio, sin iconos, sin asistente de bienvenida. La máquina te miraba fijamente y esperaba que dijeras algo.
Y para cargar un juego desde cinta escribías LOAD, pulsabas RETURN, la máquina te contestaba PRESS PLAY ON TAPE, dabas al play y te ibas a merendar. Ocho, diez minutos de pantalla con rayas de colores. A veces terminaba y funcionaba. A veces terminaba en error de carga y volvías a rebobinar.
Aquello enseñaba paciencia, sí, pero sobre todo una cosa más rara: que las cosas fallan y no es culpa tuya. Rebobinas y lo vuelves a intentar. He visto a gente adulta bloquearse ante un error de despliegue porque nadie les enseñó de pequeños que los procesos fallan y se reintentan.
Hablo más de aquellos cacharros en el artículo del Día Mundial del Videojuego y en el de Nintendo.
La impresora matricial
Tuvimos impresora matricial. Papel continuo, las dos tiras laterales de agujeritos y una perforación que nunca, jamás, se rompía recta.
Y el ruido. Ese ruido. Un trabajo del colegio a las once de la noche sonaba como si estuvieran serrando la casa. Imprimía línea a línea, así que podías ir leyendo el documento mientras salía: si te habías equivocado en la página 1 lo sabías en el segundo tres, y aun así tenías que esperar a que terminara.
Fue mi primera cola de impresión, mi primer proceso por lotes y mi primer «no lo canceles ahora que es peor».
El escáner de mano Genius
Este merece capítulo propio, porque nadie que no lo haya sufrido se lo cree.
Un escáner de mano: un cacharro de unos diez centímetros de ancho que pasabas tú, con tu propio brazo, por encima de la foto. Y la calidad dependía de tu capacidad para desplazarlo recto y a velocidad constante.
Si acelerabas, la imagen salía comprimida. Si te torcías, salía en diagonal. Si te temblaba el pulso —y a un niño de diez años le tiembla el pulso— la cara de la abuela salía ondulada como un cuadro de Dalí.
Y como solo cogía diez centímetros, para un folio entero había que hacer dos pasadas y unirlas con un programa que prometía «stitching automático» y lo cumplía una de cada cuatro veces.
Fue mi primera lección sobre algo que sigo repitiendo: el usuario es parte del sistema. Un escáner que exige pulso de cirujano no es de precisión: ha externalizado su problema al usuario.
Cuando años después llegó el escáner de mesa, con su carro motorizado moviéndose solo, fue el mismo tipo de alegría que los cuatro megas: el aparato había asumido su propio trabajo. Eso es lo que hace bueno a un producto.
«¡Cuelga, que estoy conectado!»
Nuestra primera conexión a internet iba por el cable normal del teléfono.
El módem hacía aquel ruido —ese silbido, los pitidos, la estática— que era en realidad dos máquinas negociando a gritos a qué velocidad iban a hablarse. Y mientras estabas conectado, la línea de teléfono estaba ocupada. Si alguien llamaba a casa, comunicaba. Si alguien de casa descolgaba el supletorio, se caía la conexión. Con lo que estuvieras haciendo dentro.
En mi casa, «voy a conectarme» era una frase que había que anunciar en voz alta, como quien avisa de que va a cortar el agua. Y el peor crimen doméstico posible era descolgar el supletorio del pasillo mientras tu hermano llevaba veinte minutos descargando algo.
Luego llegó el RDSI, y aquello fue el futuro. Dos canales de 64 kbps: podías juntarlos para navegar a 128, o usar uno para internet y dejar el otro libre para el teléfono.
Me hace gracia mirarlo ahora: el mayor salto de calidad de vida técnica de mi adolescencia consistió en dejar de bloquear un recurso compartido. Eso se llama contención de bloqueos y sigue tirando aplicaciones abajo todos los días. Solo que ahora el recurso es una tabla de base de datos y nadie puede gritar «¡cuelga, que estoy conectado!» desde el pasillo.
Write, WordPerfect y los códigos ocultos
Los trabajos se hacían con el Write de Windows si eran cortos y con WordPerfect si eran serios.
WordPerfect 5.1 era una pantalla azul con letras blancas. Sin ratón, sin menús a la vista, sin barras de herramientas. La ayuda era F3, guardar era F10, y en la esquina inferior derecha te decía en qué página, línea y columna estabas. Ese era el interfaz.
Y tenía Reveal Codes: Alt+F3. La pantalla se partía en dos, y abajo veías el mismo texto pero con todas las marcas de formato al descubierto, entre corchetes: [Bold On], [Tab], [HRt], [Bold Off].
Yo tenía diez u once años cuando vi aquello por primera vez, y no lo entendí como un truco del programa. Lo entendí como una revelación: debajo del documento bonito hay otro documento, el de verdad, y ese se puede tocar.
Fue el HTML antes de que yo supiera que existía el HTML. Toda mi carrera está en ese Alt+F3. Sigo haciendo lo mismo todos los días: abrir el inspector, mirar la respuesta cruda, leer el log. Ver los corchetes.
dBase, Access y la pantalla verde
Y luego estaban las bases de datos.
Javier montaba fichas en dBase, en aquella pantalla CGA de fósforo verde, y después en Access cuando Windows se comió el mundo. No era informático. Era del mundo del deporte. Pero se dio cuenta muy pronto —antes que casi nadie a su alrededor— de que aquello que los demás tenían en carpetas de anillas él lo podía tener consultable, ordenable y cruzable.
Yo no sabía que aquello se llamaba modelo relacional. No sabía lo que era una clave, ni un índice, ni una relación uno a muchos. Lo que yo veía era a mi padre haciendo una pregunta rara a la pantalla y a la pantalla contestándole.
Aprendí de él la única cosa importante sobre datos, y la aprendí sin que nadie la formulara: un dato bien guardado vale más que un dato bonito. La ficha fea que puedes consultar de diez maneras gana siempre a la carpeta preciosa que solo se puede leer entera y en orden.
Llevo veinte años cobrando por decir esa frase en reuniones. Se la debo a un hombre con una pantalla verde en el despacho de casa.
La Micromanía tamaño sábana
Mis padres nos compraban la Micromanía. Y la Micromanía de entonces era enorme, tamaño periódico, no la revista pequeña de después.
Traía mapas de juegos a doble página dibujados a mano, trucos, listas de teclas y análisis de gente que se había pasado el juego de verdad, no en dos horas para llegar al cierre.
Era Stack Overflow con periodicidad mensual y sin votos negativos. Con la diferencia de que aquí solo había un ejemplar y dos hermanos. Ganaba Taka bastante a menudo, para qué nos vamos a engañar.
Y tenía una propiedad que hemos perdido: como solo llegaba una vez al mes, te la leías entera, incluida la parte que no te interesaba. Así es como uno se entera de que existen cosas que no sabía que quería saber.
Ese es, creo, el verdadero coste de la búsqueda instantánea: encuentras lo que buscabas y nada al lado.
(Aquellas dobles páginas me han acabado saliendo por algún lado: en cdjuegos.com publico guías de aventuras gráficas paso a paso, con cada solución plegada detrás de un titular que dice de qué puzle es, para poder abrir solo el que te tiene parado. Es lo más parecido al mapa dibujado a mano que sé hacer.)
El trastero
El trastero de casa era el verdadero laboratorio, y allí convivían tres cosas.
Un Scalextric enorme
Y digo enorme en serio: circuito montado en el suelo, con sus cambios de rasante, su chicane y su recta larga.
Lo que nadie cuenta del Scalextric es que lo divertido no era correr. Era montarlo. Podías pasarte una tarde entera decidiendo el trazado, encajando los raíles y ajustando la fuente de alimentación, y correr media hora. Y salía a cuenta. Cualquiera que haya montado un entorno de desarrollo durante seis horas para lanzar un script de dos minutos sabe de qué hablo, y sabe también que no lo contamos como un defecto.
Pero el Scalextric me dejó algo mejor: mi primer fallo intermitente.
Un coche que se paraba en la misma curva. No siempre. A veces. Y ahí estábamos Taka y yo, tirados en el suelo del trastero, discutiendo si la culpa era del coche, del carril o del mando, hasta que Javier subió con un algodón y alcohol, limpió el cobre de aquel tramo, ahuecó las trenzas del coche con un destornillador y el problema desapareció.
Tenía nueve años y aprendí de golpe las tres cosas que sigo aplicando hoy:
- «A veces falla» no es una descripción, es el punto de partida. Lo útil es qué tienen en común las veces que falla.
- Cuando algo falla siempre en el mismo sitio, el sitio importa más que el síntoma.
- Y una barbaridad de averías —de verdad, una barbaridad— son un contacto sucio. En el Scalextric y en producción.
Un Ibertren
Y al lado, un Ibertren. Que enseñaba justo lo contrario.
En el Scalextric competías: había un ganador, un perdedor y un hermano acusando al otro de haber apretado el mando en la curva. En el Ibertren no había que ganar nada. El tren daba vueltas. Tú montabas la vía, las agujas, la estación, decidías el recorrido, y luego lo ponías en marcha y lo mirabas funcionar.
Ese es un placer muy concreto y muy poco explicado: que algo que has montado funcione solo, sin ti delante.
Me dedico a eso: sistemas que funcionan sin que nadie los mire, procesos que se lanzan de madrugada y hacen lo suyo, cosas que llevan años en marcha y que nadie nombra porque nadie tiene que nombrarlas. El mejor elogio que puede recibir algo que has construido es que dejen de hablar de ello.
Eso me lo enseñó un tren de escala N dando vueltas en un trastero.
Y, al fondo, la luz roja
Porque en el mismo trastero teníamos un cuarto de revelado.
Las cubetas, el revelador, el paro, el fijador, las pinzas, la cuerda con las fotos colgadas secándose. El olor —quien haya estado en un cuarto oscuro sabe de qué hablo y probablemente lo esté oliendo ahora mismo.
De él heredé la afición: la réflex, los objetivos, el revelado. Es la herencia que más uso.
Y el carrete enseñaba algo que la fotografía digital ha eliminado por completo: tenías 36 fotos. Treinta y seis. Y no sabías si habían salido hasta que revelabas, días después.
Así que pensabas antes de disparar. Medías. Encuadrabas. Decidías. Y luego esperabas, sin preview, sin histograma, sin poder repetir, a que el ciclo de feedback se cerrara.
Hoy hago 36 fotos antes de bajarme del coche.
No estoy diciendo que aquello fuera mejor —era carísimo y se perdían momentos irrepetibles por un fallo de exposición—. Estoy diciendo que un ciclo de feedback largo te obliga a pensar antes, y un ciclo de feedback instantáneo te permite no pensar nunca. Las dos cosas tienen factura.
Hay un detalle de esta historia que todavía me hace sonreír. Años después empecé un FP de diseño antes de dedicarme al desarrollo, y una de las asignaturas era fotografía. Un día tocaba revelar.
Y yo ya sabía hacerlo.
No porque me lo hubieran enseñado en clase. Porque lo había hecho con doce años, en un trastero, con Javier y una luz roja.
Un paréntesis honesto
Llevo media docena de secciones enumerando cacharros y soy consciente de cómo suena: a inventario. Y de que aquello, en los ochenta, no estaba al alcance de todo el mundo.
A Taka y a mí no nos faltó de nada.
Eso también se lo debo, y no se me olvida ni un solo día. Pero, sinceramente, no es lo importante de esta lista. La consola, el Scalextric y el 286 los tenía más gente. Lo que no todo el mundo tenía era a alguien dispuesto a abrirlos delante de ti.
Eso es lo que estoy contando aquí. Lo demás son objetos.
Judo, Shorinji Kempo, bádminton, atletismo, natación
Y tampoco todo era cacharrear. Mi padre era, antes que nada, un hombre de deporte y de naturaleza, y lo intentó conmigo. Vaya si lo intentó.
Me apuntó a todo lo que se le fue ocurriendo. Judo. Shorinji Kempo. Bádminton. Atletismo. Natación. Yo iba, hacía la temporada, y no terminaba de cuajar en ninguno.
Lo que más me duró fue la natación, que era lo suyo. Llegué a nadar una vez la travesía de Getaria a Zarautz, a mar abierto, que para alguien que no encajó en ningún deporte no es mala marca personal.
Pero es la verdad: el deporte es de las poquísimas cosas que no consiguió transmitirme. Y era un apasionado.
Tiene su gracia, porque se pasó años apuntándome a cosas a ver cuál prendía, y lo único que se me quedó pegado de por vida fue precisamente aquello a lo que nunca me apuntó. No hubo extraescolar de 286. Nadie me llevó los martes a clase de config.sys.
Lo que va con matrícula y horario compite con todo lo demás que un crío quiere hacer esa tarde. Lo que pasa en la mesa del comedor de tu casa un sábado por la mañana no compite con nada.
Un Land Rover y una tienda iglú de cuatro
Donde sí me llevó y sí caló fue al monte.
Hicimos muchísimo camping. Muchísimo. Y hay que explicar cómo era el camping de entonces, porque ya no existe: se acampaba casi en cualquier sitio. Buscabas un prado con buena pinta, mirabas de dónde venía el agua, y montabas. Sin reserva, sin parcela numerada, sin horario de entrada.
El Land Rover, una tienda iglú de cuatro, y a la aventura.
Y no solo en familia: él organizaba acampadas con los chavales de su equipo de natación, así que a veces éramos una expedición entera. Pequeños grandes recuerdos.
De aquello sí me quedó algo. Hace ya unos cuantos años, cuando Pablo y Jon eran muy pequeños, por mi cumpleaños pedí una tienda de campaña.
Eso sí: no una de aventura. Una tienda cómoda, de las de plantar en una parcela con toma de luz y las duchas a cincuenta metros. Para ir con Elena, Pablo y Jon. Y la hemos usado muchísimo.
Tiene bastante menos épica que un Land Rover y un prado sin permiso, lo sé. Pero por dentro es exactamente lo mismo: dormir fuera, cenar fuera, y que los críos se acuesten oliendo a hierba. Lo demás son detalles de implementación.
Pionero, pero en lo suyo
Aquí está la parte que de verdad importa, y que tardé demasiado en entender.
Javier no era informático. Era de otro mundo, el del deporte, donde fue pionero por derecho propio. La informática no era su afición: era su herramienta. Se metió a cacharrear porque vio que en su terreno, entonces virgen, se podían resolver cosas que nadie resolvía.
No le vi aprender una tecnología «porque estaba de moda». Le vi aprender lo que hacía falta para hacer lo que quería hacer.
Y ese es el criterio con el que intento trabajar hoy. Cuando alguien me pregunta si necesita tal framework, la pregunta que hago es la que él aplicaba sin formularla: ¿qué problema tuyo resuelve? Si no hay respuesta, no hay proyecto. Hay entretenimiento caro.
Lo que de verdad me enseñó
Yo soy en gran parte autodidacta. Y llevo tiempo pensando de dónde sale eso, porque no es un rasgo de carácter: se aprende.
Javier no me enseñó a programar. No sabía. Tampoco nos sentó nunca a explicarnos nada: casi todo lo aprendimos mirándole por encima del hombro mientras él se peleaba con algo.
Lo que nos enseñó fue mucho más útil:
- Que la caja se abre. Que dentro hay piezas, y las piezas se pueden quitar y poner.
- Que el manual se lee. El grueso, el aburrido, el que viene en la caja.
- Que si se rompe, primero se intenta arreglar, y llamar al técnico es el paso cuatro, no el paso uno.
- Y que no saber algo no es un problema, es el estado normal antes de aprenderlo.
Esa última es la que lo cambia todo. Porque el autodidacta no es el que aprende solo. Es el que ha visto de cerca a alguien que no le tenía miedo a no saber. Le vimos equivocarse, romper cosas, tener que volver a instalarlo todo, decir «pues no sé qué le pasa» y seguir dándole. Sin dramatizar. Sin abandonar.
Eso no se enseña en una charla. Se contagia por convivencia.
El 28 de enero de 2024
Se fue de repente. Sin previo aviso, sin una conversación pendiente cerrada, sin la oportunidad de decir ninguna de las cosas que uno da por hecho que dirá algún día.
Nos hemos acostumbrado a que todo tenga deshacer. Escribí hace unos meses que los anillos de Sonic son un botón de deshacer: pierdes los anillos, no la partida, y tienes un segundo para recogerlos.
La vida no tiene anillos.
Es la única operación verdaderamente irreversible, sin entorno de pruebas, sin confirmación y sin copia de seguridad. Y llevo dos años y medio descubriendo lo que ya sabéis los que habéis pasado por esto: que uno no echa de menos las conversaciones importantes que no tuvo. Echa de menos las tonterías. Enseñarle una foto. Contarle que he cambiado el portátil. Preguntarle una cosa de nada.
El jeroglífico de todas las mañanas
Voy a contar una tontería concreta, que es de lo que iba el párrafo de arriba.
Todas las mañanas Javier bajaba al bar de debajo de casa con el Diario Vasco. Se pedía lo suyo, abría el periódico por la página de pasatiempos, le hacía una foto al jeroglífico con el móvil —torcida, con medio pulgar en una esquina y el mármol de la barra al fondo— y la mandaba a varios grupos de WhatsApp.
Todos los días. Sin faltar uno.
No escribía «buenos días». Mandaba el jeroglífico, que era lo mismo dicho de otra manera, y se quedaba a ver quién picaba.
Yo casi siempre lo acertaba. Casi siempre, ojo, no siempre; pero bastante más a menudo de lo que a él le convenía. Hoy estoy de cumpleaños, así que me lo apunto.
Ahora sé cómo se llama eso en mi oficio: un latido. Un mensaje periódico que no lleva información dentro. Lo único que dice es que el otro extremo sigue vivo. Los sistemas se los mandan sin parar, nadie los mira nunca, y solo se echan de menos cuando dejan de llegar. Entonces resulta que era el mensaje importante.
Y con la comida, lo mismo. Se sentaba a la mesa, le hacía una foto al plato —unas alubias, unos pimientos, lo que hubiera ese día— y la mandaba al grupo con su on egin debajo. Sin contexto, sin conversación previa, sin venir a cuento de nada. La foto y el on egin.
Nos hacía gracia. Claro que nos hacía gracia.
Hoy daría bastante por que me entrara en el móvil la foto de unas alubias.
Las canciones
Hay una parte de él que se restaura sola, y son tres o cuatro canciones.
Sabina. Serrat. Perales. Caminante, no hay camino —que es Machado, pero en mi casa era Serrat—.
Me gustan muchos tipos de música y escucho cosas que a él no le habrían gustado nada. Pero hay canciones que no puedo oír como música. Suenan en el coche y durante tres minutos está ahí sentado.
Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
Un hombre que metió un 286 en casa cuando apenas había ordenadores en las casas de nuestro entorno, escuchando en bucle una canción sobre que el camino no está hecho. Tampoco hacía falta más documentación.
El Principito
Con los libros pasa igual. Bueno, con un libro.
El Principito era el suyo. Si no el favorito, de los favoritos, y desde luego el único que citaba de memoria.
Y lo citaba de verdad, no de adorno. Una frase del Principito le servía de felicitación, de consejo, de respuesta y de reproche, según lo que hiciera falta ese día. Llegaban por WhatsApp, como el jeroglífico.
Lo esencial es invisible a los ojos.
Solo se ve bien con el corazón.
Eres responsable para siempre de lo que has domesticado.
Hay un pasaje del libro que ahora me hace mucha gracia, porque parece escrito para llevarle la contraria. Es aquel en el que el narrador se queja de que a las personas mayores les encantan las cifras: si les cuentas que has visto una casa preciosa de ladrillo rosa no se enteran de nada, pero si les dices que has visto una casa de cien mil francos, exclaman «¡qué bonita!».
Y este artículo empieza con un señor emocionándose por un número en la esquina de una pantalla. 8192 KB.
Solo que no era la cifra, y él eso lo tenía mucho más claro que yo. La cifra era la excusa para despejar la mesa del comedor un sábado por la mañana, sacar el destornillador de estrella y tumbar la torre de lado con dos críos respirándole en la nuca.
Lo esencial no estaba en los ocho megas. Estaba en la mesa despejada.
Que es, más o menos, lo que llevaba media vida mandando por WhatsApp.
Feliz cumpleaños a mí
Hoy cumplo 46. Y he escrito esto hoy, y no el 28 de enero, a propósito: el día que se murió es suyo y prefiero dejarlo tranquilo. El día que yo nací es también el día en que él fue padre por segunda vez —la primera se la había llevado mi hermano Taka el 2 de agosto del año anterior—, y ese sí me apetece compartirlo.
Si has llegado hasta aquí, tres cosas:
- Si tienes cerca a alguien que te enseñó a cacharrear, díselo hoy. No hace falta ocasión.
- Pregúntale las cosas ahora. Lo que sabe y no ha escrito nadie desaparece con él: la documentación oral no tiene copia de seguridad, y eso lo sé por experiencia profesional y por la otra.
- Y abre el ordenador alguna vez, aunque no se haya roto. Enséñaselo a alguien pequeño. Que vea que dentro hay piezas.
Javier: gracias por los primeros cuatro megas.
Y por los cuatro siguientes.
Taka: el próximo circuito lo montamos nosotros.
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