Vomitón era lo único que recordaba de Búscate la vida
De una serie entera me sobrevivieron dos pistas: un repartidor de periódicos y un bicho que se llamaba Vomitón. Con eso encontré «Búscate la vida», y con ella el dato que me dejó parado: su protagonista tenía treinta años y yo acabo de cumplir cuarenta y seis.
Hace unas semanas me dio por buscar una serie de la que no recordaba nada.
Nada del todo, no. Recordaba dos cosas: un repartidor de periódicos que era un señor adulto y un bicho asqueroso que se llamaba Vomitón. Ni el título, ni el nombre del protagonista, ni una sola trama, ni en qué cadena la vi.
Con esas dos pistas, Google me llevó a un artículo de Espinof de 2006 que hablaba de «Vomitón y yo». La serie era Búscate la vida —Get a Life—, Fox, 1990.
Y ahí llegó el dato que me dejó parado. El protagonista, Chris Peterson, tenía treinta años.
Hace dos días cumplí cuarenta y seis.
Cuando yo vi aquello, Chris Peterson era un adulto hecho y derecho comportándose como un crío. Hoy le saco dieciséis años. La serie no ha cambiado ni un fotograma; lo que ha cambiado es desde dónde la miro.
La pista era un monstruo
Empecemos por lo raro, que es lo que me hizo escribir esto.
De una serie entera —dos temporadas, treinta y cinco capítulos, personajes, gags, una sintonía— a mí me sobrevivió una criatura de goma que vomitaba. Eso es todo lo que quedó en pie después de treinta y tantos años.
No el argumento. No el protagonista. No el título, que es justo lo que suele quedar cuando no queda nada.
Volveré a esto al final, porque tiene más miga de la que parece.
Treinta años, un fajo de periódicos y el garaje de sus padres
Get a Life se estrenó en la Fox el 23 de septiembre de 1990 —hace ahora treinta y seis años, cinco días antes de que yo cumpliera diez— y terminó el 8 de marzo de 1992. Dos temporadas, treinta y cinco episodios.
La crearon Chris Elliott, que además la protagoniza, Adam Resnick —los dos venían de escribir para Late Night with David Letterman— y David Mirkin, que fue el productor ejecutivo, dirigió casi todos los capítulos y años después acabaría al frente de Los Simpson. Por aquella sala de guionistas pasaron, entre otros, Charlie Kaufman —sí, el de Cómo ser John Malkovich— y Bob Odenkirk.
La premisa cabe en una línea. Chris Peterson tiene treinta años, reparte periódicos en bicicleta y vive en el apartamento encima del garaje de sus padres, Fred y Gladys. A Fred lo interpreta Bob Elliott, que es el padre de Chris Elliott en la vida real.

Chris Elliott en la gala de los Emmy de septiembre de 1989, un año antes de estrenar Búscate la vida. Foto de Alan Light, CC BY 2.0; recortada aquí por la izquierda.
Mirkin lo ha contado él mismo: el personaje nació de una pregunta, «¿cómo sería Daniel el travieso a los treinta años?».
Conviene entender que la serie no va de un hombre que quiere prosperar y no puede. Va de un hombre que no quiere. En el piloto, Chris es todavía un adulto simpático y espabilado, y eso fue deliberado: había que venderle la serie a la cadena. Una vez encargada, el personaje se fue por donde siempre habían querido llevarlo, que era bastante más oscuro. Los ejecutivos de Fox odiaron el resultado: les parecía perturbador y el protagonista, insoportable.
Veinte años después, cuando por fin se editó la serie completa en DVD, la carátula ya lo asumía sin complejos y lo vendía como reclamo: «el psicópata más adorable de América».

La bicicleta, la bolsa de periódicos y el eslogan. Carátula de Get a Life: The Complete Series (Shout! Factory, 2012), reproducida a título de cita y a baja resolución. Derechos de sus titulares.
Un detalle que dice mucho: la casa que aparece al final de la cabecera es la de La familia Monster. La serie era, a la vez, un homenaje a la comedia de situación de los sesenta y setenta y una parodia salvaje del género: un tipo razonablemente educado y bastante desequilibrado viviendo en un decorado de sitcom de toda la vida, rodeado de vecinos normales.
En España la emitió Canal+, primero en 1992 y otra vez en 1995. No recuerdo cuándo la vi —ni siquiera recordaba la cadena—, lo cual encaja perfectamente con lo poco que conservaba de ella.
Vomitón y yo
El episodio es «Vomitón y yo» —SPEWEY and Me, el número once de la segunda temporada, emitido el 9 de febrero de 1992— y es lo único que mi cabeza decidió conservar.
Un bicho se estrella en el jardín. Chris lo encuentra y a partir de ese momento actúa como si estuviera dentro de E.T.: ha llegado su amigo mágico, hay un vínculo especial, hay que protegerlo del Gobierno. Llega a preguntarle si quiere llamar a casa.
El problema es que el bicho no es E.T. Su único superpoder es echar fluidos corporales encima de la gente. Segrega una crema blanca por los codos —que Chris se bebe y llama «néctar de los dioses»— y vomita a chorro en cuanto se altera, que es siempre. Le muerde el dedo nada más sacarlo de la nave y sigue atacándole el resto del capítulo, mientras él insiste en que se están entendiendo.
El final es lo que hizo que la cadena no quisiera emitirlo: Gus lo mata a golpes con un rastrillo y se lo comen a la brasa, con el argumento de que la carne trae su propia salsa. Al abrir la nevera, el bicho ha vuelto a la vida y se marcha con su nave.
La idea nació de dos manías: la de un guionista que odiaba Mac y yo y la del propio Mirkin, que no soportaba E.T.. Y el capítulo salió adelante por poco. La versión que recoge la Wikipedia inglesa es que Peter Chernin, entonces al mando de Fox, lo declaró de los más divertidos de la serie y ordenó emitirlo. La que recoge la española es que Elliott convenció a los ejecutivos vendiéndoles el episodio como una alegoría de Jesucristo —hay una resurrección, al fin y al cabo—. Me gustaría que fueran verdad las dos.
«Le voy a poner Vomitón. ¿Lo pillas?»
Pero la escena que lo justifica todo, y la que explica que treinta y tantos años después yo siguiera acordándome, es la del bautizo.
Gus, el casero, está convencido de que aquello no es un extraterrestre sino «el niño enfermo de la esquina, que se habrá salido de su burbuja». Chris le jura que lo ha sacado él mismo de los restos de la nave. Y justo ahí, en mitad de la discusión, el bicho le vomita encima.
Chris — Ah. Me lo quedo.
Gus — Maldita sea, si fregué este suelo en abril. La próxima vez que eso vaya a reventar, pon papel de periódico.
Y entonces, con el vómito todavía en la camisa, Chris anuncia el nombre:
Chris — Le voy a poner Spewey. ¿Lo pillas? Son unas siglas: Special Person Entering the World… Egg Yolks. Bueno, ya me entiendes.
Ahí hay tres chistes montados uno encima de otro, y por eso funciona.
El primero: el nombre es literalmente lo que hace. Spew es vomitar. Chris lo presenta como si acabara de tener una idea preciosa, y lo que ha hecho es llamarlo «Vomitón» mientras se limpia el vómito.
El segundo: las siglas. En la televisión de entonces el extraterrestre siempre traía unas siglas dignas que explicaban qué era —ALF era Alien Life Form, E.T. era Extra-Terrestrial—, y era el momento solemne de la presentación. Chris está imitando ese momento.
Y el tercero, que es el bueno: las siglas no salen. Le sobran las dos últimas letras, y en vez de tirar el nombre y buscar otro las tapa con «yemas de huevo» —egg yolks—, que no viene a cuento de nada, y se escapa con un «bueno, ya me entiendes». Ahí está el personaje entero en cuatro segundos: decide que algo está bien y deja de revisarlo. Nadie le corrige, porque a Gus lo único que le preocupa es el suelo.
El doblaje español lo tradujo por lo bruto, y acertó: Vomitón. Y no se quedó ahí. Aquel artículo de Espinof, el que me devolvió el título, transcribe las siglas españolas así:
Chris — Voy a llamarle V.O.M.I.T.O.N. ¿Entiendes? Son las siglas de Visitante de Otro Mundo que Impacta en la Tierra… err… Ocho Nabos.
No he conseguido localizar el audio del doblaje para comprobar que la frase fuera exactamente esa. Pero si lo es, quien hiciera aquel ajuste reconstruyó el chiste entero con la misma arquitectura: cinco letras de acrónimo digno, dos que sobran y un disparate para taparlas. «Ocho Nabos» está a la altura de «yemas de huevo», y eso, en un juego de palabras intraducible, es un trabajo excelente que nadie firmó.
Y aquí se cierra el círculo: el artículo que me devolvió el título me devolvió también la explicación completa del único nombre que yo había conservado. Porque el nombre es exactamente lo que sobrevivió, y no me parece casualidad: dice lo que hace la cosa que nombra, y lo dice a la primera.
La memoria no guarda lo importante: guarda lo insustituible
Aquí está lo que me interesa de todo esto.
De aquella serie desapareció todo lo que estaba bien construido. Las tramas, los diálogos, el personaje, el tono. Y sobrevivió intacto un muñeco baboso de un solo episodio.
Mi explicación es que la memoria no es un archivo: es una caché con muy poco sitio, y lo que no se parece a nada no tiene con qué sobrescribirse. Una trama buena está hecha de piezas que has visto en otros sitios, y la siguiente serie te las pisa. Un bicho que vomita encima de la vecina no se parece a nada, así que se queda.
Y esto, que parece una anécdota, describe bastante bien lo que la gente recuerda de nuestro trabajo:
- Del ERP nadie recuerda los trescientos informes. Recuerdan que hay que darle dos veces a guardar.
- De una web nadie recuerda la tipografía ni la retícula. Recuerdan el formulario que les borró lo que habían escrito.
- De una incidencia nadie recuerda el análisis posterior. Recuerdan la frase que dijiste en la llamada mientras aquello estaba caído.
- Del despliegue nadie recuerda las once cosas que salieron bien.
Lo raro es lo que perdura, y eso no lo decides tú del todo, pero sí puedes elegir qué rareza dejas por ahí. Un mensaje de error escrito con cabeza. Un detalle que sorprenda para bien. Y un nombre que diga lo que hace la cosa, que es la parte que más barata sale y más se descuida: Vomitón es, a su manera asquerosa, un nombre perfecto. Porque la alternativa no es que no te recuerden: es que te recuerden por el vómito.
Es la otra cara de lo que conté en «Perdona, ¿eso qué es?»: lo que se queda pegado casi nunca es lo que uno había preparado para que se quedara.
El chiste era que no crecía. Ahora el chiste es otro
Volvamos a los treinta años de Chris Peterson.
De crío, el chiste era evidente: mira este señor mayor haciendo el ganso. Un tío con edad de tener una hipoteca repartiendo periódicos en bici y peleándose con niños de once años.
Visto ahora, con dieciséis años más que él, el chiste es otro y bastante más incómodo: mira este señor del que alguien tiene que hacerse cargo. Primero Fred y Gladys. Después, cuando la cadena exigió que el personaje fuera «más independiente», su casero Gus, que le alquila un garaje y le trata a patadas. Chris no se sostiene solo en ningún momento. La serie no lo esconde: es exactamente lo que está contando.
Y aquí está la distinción que me importa, porque es fácil confundirla con otra cosa:
Madurar no consiste en dejar atrás lo que parecía infantil. Consiste en que ya nadie tenga que hacerse cargo de ti mientras lo disfrutas.
Lo digo porque el discurso fácil —«yo tampoco quiero crecer», «sigo siendo un niño»— está gastadísimo, y además en mi caso es falso. Tengo cuarenta y seis años, una empresa, servidores que avisan a las tres de la mañana y gente que depende de que yo haga bien mi trabajo. Y con todo eso hecho, en casa se juega, se ven dibujos y me sigo acordando de qué muñeco tenía yo y cuál tenía mi hermano.
No es lo mismo. Chris Peterson conservó la infancia porque nunca llegó a asumir la vida adulta. Lo que uno conserva de mayor lo conserva justo por lo contrario: porque ya la ha asumido, y entonces el rato tonto es suyo y no se lo está quitando a nadie.
Que es, por cierto, la frontera que separa un hobby de una excusa. Linus Torvalds escribió aquello de «solo un hobby, nada grande ni profesional» mientras terminaba la carrera, no en lugar de terminarla.
Y no lo cuento como medalla. Lo cuento porque durante bastante tiempo me pareció que había que elegir, y resulta que no.
Once muertes y ninguna consecuencia
Queda un detalle de la serie que lo cierra todo, y es el más raro de los que me he encontrado.
Chris Peterson muere en once de los treinta y cinco episodios. Aplastado por una roca, de amigdalitis, de viejo, a cuchilladas, a tiros. Y a la semana siguiente está repartiendo periódicos otra vez, sin que nadie lo mencione.
Ese es el chiste más profundo de la serie, y explica por qué el personaje no podía crecer aunque hubiera querido: el formato se lo prohibía. La comedia de situación de aquella época reiniciaba el estado al final de cada capítulo. No se acumula nada. No hay consecuencias. Se puede morir el lunes y repartir el martes.
Los sistemas sin estado son maravillosos, y por eso los buscamos: contenedores que se tiran y se levantan iguales, scripts idempotentes que se pueden lanzar dos veces, entornos que se reconstruyen desde cero. Cada ejecución empieza limpia. Nada que migrar, nada que reparar.
Las personas no funcionan así. Una vida adulta es, sobre todo, estado que persiste: lo que hiciste el año pasado sigue ahí, lo que dejaste a medias se acumula y las decisiones tienen efectos que no caducan en veintidós minutos. Que es justamente lo que Chris Peterson se negaba a aceptar.
Lo bueno es que sus creadores lo tenían clarísimo. Mirkin ha contado qué habría sido la tercera temporada: Chris se iba del garaje de Gus y se convertía en un vagabundo que recorría el país empeorándole un poco la vida a cada persona con la que se cruzaba. Nunca se rodó. Pero es el final correcto para el personaje: el capítulo en el que, por fin, el estado persiste.
Lo que quedó
Durante treinta y tantos años creí que recordaba una serie. No recordaba el título, ni las temporadas, ni el nombre del protagonista, ni la cadena en la que la vi. Recordaba a Vomitón.
La memoria no conserva lo importante. Conserva lo que no puede sustituir por otra cosa.
Y con la serie me ha pasado lo que pasa siempre que uno vuelve: sigue igual, el que se ha movido soy yo. En los noventa veía a un adulto haciendo el idiota y me hacía gracia. Ahora veo a un adulto de treinta años del que sus padres siguen haciéndose cargo, y me sigue haciendo gracia, pero no la misma.
(Y sí, en algún momento habrá que ver un capítulo en casa. Aviso desde ya que el mérito de haber encontrado la serie con dos pistas y media no me lo va a reconocer nadie.)
Fuentes: la serie en la Wikipedia en inglés —de donde salen el estreno en Fox, el reparto, los guionistas, «Daniel el travieso a los treinta», la casa de los Monster, lo que iba a ser la tercera temporada y la intervención de Peter Chernin— y en la española, que aporta las once muertes y la versión de la alegoría de Jesucristo. Las fechas de los episodios, en la lista de episodios. La emisión en España, en el Nostalgia TV de Espinof. El rastrillo, la barbacoa y las siglas de SPEWEY, en la reseña del episodio de Noiseless Chatter. El diálogo del bautizo está traducido del guion original del episodio. Y el artículo que me dio la pista para identificar la serie es «Búscate la vida: serie de culto», de José María Rod. Hurtado, publicado en 2006, que conserva además la transcripción del acrónimo del doblaje español; no he podido cotejarla con el audio.
Preguntas frecuentes
¿Qué es «Búscate la vida» y quién la protagoniza?
«Búscate la vida» es el título español de «Get a Life», una comedia de situación estadounidense emitida por la Fox entre el 23 de septiembre de 1990 y el 8 de marzo de 1992, con dos temporadas y treinta y cinco episodios. La protagoniza Chris Elliott, que la creó junto a Adam Resnick y David Mirkin, en el papel de Chris Peterson: un repartidor de periódicos de treinta años que vive en el apartamento encima del garaje de sus padres y se niega a asumir cualquier responsabilidad adulta. A su padre, Fred, lo interpreta Bob Elliott, padre de Chris Elliott en la vida real. Por la sala de guionistas pasaron Charlie Kaufman y Bob Odenkirk, y Mirkin acabaría años después al frente de «Los Simpson».
¿Quién es Vomitón y en qué episodio sale?
Vomitón —SPEWEY en el original— es un extraterrestre que aparece en «Vomitón y yo», el episodio once de la segunda temporada, emitido el 9 de febrero de 1992. Es una parodia de «E.T., el extraterrestre» y de «Mac y yo»: en lugar de ser tierno, segrega moco y vomita a chorro sobre quien tenga delante, mientras Chris insiste en que han hecho amistad. El capítulo termina con Gus matándolo a golpes con un rastrillo y comiéndoselo a la brasa, después de lo cual el bicho resucita dentro de la nevera y se marcha con su nave.
¿Por qué se llama Vomitón y qué significan las siglas SPEWEY?
Porque el nombre es literalmente lo que hace la criatura: «spew», en inglés, es vomitar. En el episodio, justo después de que el bicho le vomite encima, Chris anuncia que va a llamarlo Spewey y lo presenta como si fueran unas siglas dignas, al modo de ALF («Alien Life Form») o E.T. («Extra-Terrestrial»): «Special Person Entering the World… Egg Yolks. Bueno, ya me entiendes». El chiste es que el acrónimo no cuadra —le sobran las dos últimas letras y las tapa con «egg yolks», yemas de huevo, que no vienen a cuento— y que Chris, en lugar de buscar otro nombre, da el asunto por resuelto. El doblaje español rehízo el juego con la misma mecánica: un artículo de Espinof de 2006 transcribe la réplica como «Voy a llamarle V.O.M.I.T.O.N. ¿Entiendes? Son las siglas de Visitante de Otro Mundo que Impacta en la Tierra… err… Ocho Nabos», donde «Ocho Nabos» hace el mismo papel que «Egg Yolks». No hay forma de cotejar esa transcripción con el audio del doblaje.
¿Cuándo se emitió «Búscate la vida» en España?
En España la emitió Canal+ en dos tandas: la primera en 1992, en los primeros tiempos de la cadena, y la segunda en 1995, a la hora de la cena. Las dos temporadas completas, treinta y cinco episodios. En Estados Unidos se había estrenado el 23 de septiembre de 1990.
¿Es cierto que el protagonista muere varias veces en la serie?
Sí. Chris Peterson muere en once de los treinta y cinco episodios, por causas que van de ser aplastado por una roca a la amigdalitis, la vejez, las cuchilladas y los disparos. A la semana siguiente aparece repartiendo periódicos sin que nadie mencione lo ocurrido. Es la lógica de la comedia de situación de la época llevada al absurdo: el estado se reinicia al final de cada capítulo y nada tiene consecuencias.
¿Por qué Fox no quería emitir el episodio de Vomitón?
Por lo repugnante del personaje y por el final, en el que los protagonistas se comen al extraterrestre. Según la Wikipedia en inglés, el episodio salió adelante porque Peter Chernin, entonces al mando de Fox, lo consideró de los más divertidos de la serie y ordenó emitirlo; la Wikipedia en español recoge otra versión, la de que Chris Elliott convenció a los ejecutivos vendiéndoles el capítulo como una alegoría de Jesucristo, por la resurrección final. Los ejecutivos de la cadena habían odiado la serie desde el principio: les parecía perturbadora y el protagonista, insoportable.
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