«Añada la sal a la salsa»: la frase más rentable que me enseñaron en el colegio
El programa de mecanografía del colegio me hizo repetir una frase que parecía no decir nada y que no he podido olvidar en treinta años. Resulta que estaba diseñada: usa cinco letras, las cinco de la fila guía, y se escribe sin mover un dedo de su sitio.
Hay una frase que llevo treinta años sin poder quitarme de la cabeza:
Añada la sal a la salsa.
No me la dijo nadie. La escribí yo, decenas de veces, en el aula de informática del colegio, mientras un programa contaba mis pulsaciones y mis fallos y me devolvía dos números al terminar.
Durante mucho tiempo pensé que era una frase absurda, elegida al azar por alguien sin demasiada imaginación. No lo es. Está diseñada. Tiene una especificación técnica bastante estricta, y cuando la ves ya no la puedes dejar de ver.
Cinco letras y ni un dedo fuera de su sitio
Mira las letras que hacen falta para escribirla: a, ñ, d, l, s. Cinco. Nada más. Y las cinco están en la misma fila del teclado.
En un teclado español, la fila del medio —la fila guía, la de reposo, la que en los métodos antiguos se llamaba también fila dominante— es esta:
A S D F G H J K L Ñ
Ahí es donde se posan los ocho dedos antes de empezar, y ahí es donde vuelven después de cada excursión. Meñique izquierdo en la A, anular en la S, corazón en la D, índice izquierdo cubriendo F y G; al otro lado, índice derecho con J y H, corazón en la K, anular en la L, meñique en la Ñ. Los pulgares, en el espacio.
Ahora vuelve a la frase. La a es el meñique izquierdo, la s el anular izquierdo, la d el corazón izquierdo, la l el anular derecho, la ñ el meñique derecho. El espacio, el pulgar.
Para escribir «añada la sal a la salsa» no hay que mover un solo dedo de su tecla de reposo. Ni uno. Ni siquiera los índices, que se quedan mirando.
Por eso la frase existe. No es una frase: es un ejercicio con una restricción, escrito para que un crío de once años repita el gesto exacto de dejar los dedos donde tienen que estar, sin la tentación de bajar la vista.
La restricción no es un adorno: es el temario
Esto es lo que tardé demasiados años en entender. Aquellas frases raras no eran raras por descuido, sino porque el alfabeto disponible iba creciendo lección a lección.
El método de mecanografía —el de los programas de ordenador y, antes, el de las academias— no te enseña el teclado entero de golpe. Te enseña la fila guía y te tiene ahí un rato largo. Luego abre la fila de arriba. Luego la de abajo. Después las mayúsculas, que obligan a estirar el meñique hasta la tecla que menos gracia hace de todo el teclado. Y al final los números y los signos.
Así que cada lección tiene un alfabeto permitido, y alguien tuvo que sentarse a escribir frases en castellano correcto usando solo esas letras. Con la fila guía tienes cinco vocales… no, mentira: tienes una, la a. Y con una vocal y nueve consonantes hay que construir algo que se pueda leer sin reírse.
En literatura eso tiene nombre: un lipograma, un texto que se prohíbe letras a sí mismo. Georges Perec escribió una novela entera, La disparition, sin usar ni una sola e. Los autores de los métodos de mecanografía llevaban un siglo haciendo lo mismo sin llamarlo de ninguna manera y sin que nadie les diera un premio, con una diferencia importante: a Perec la restricción se la puso él; a estos se la ponía la anatomía de la mano.
«Añada la sal a la salsa» es un lipograma que se sostiene sobre cinco letras, es una oración gramaticalmente impecable, tiene sentido y suena a receta. Es, objetivamente, un trabajo bien hecho. Y me acuerdo de ella treinta años después, que es más de lo que puedo decir de casi todo lo demás que había en aquel disco duro.
No me acuerdo de cómo se llamaba el programa. Podría buscar uno de aquella época, decir que era ese y quedarme muy a gusto, pero sería inventarme un dato para redondear la historia, y eso ya me lo prohibí en otro artículo. Lo que sí recuerdo es la pantalla: el texto arriba, lo que ibas escribiendo debajo, y al final las pulsaciones por minuto y los errores.
Por qué tus índices tienen dos relieves
Baja la vista un momento —hoy te dejo— y toca la F y la J del teclado que tengas delante. Las dos llevan un relieve, una rayita o un puntito que no tiene ninguna otra tecla.
No es un defecto de fabricación ni un adorno. Es la referencia táctil principal de la zona alfanumérica: sirve para colocar los índices sin mirar, y con los índices colocados las otras seis teclas caen solas. No es la única del teclado —el 5 del bloque numérico suele llevar el suyo, y las teclas grandes se reconocen al tacto por el tamaño—, pero sí la que sostiene el método entero. Su nombre técnico es indicador táctil de posición de reposo, que suena bastante peor que «las rayitas».
Y aquí una cosa con la que me topé preparando este artículo: quién los puso ahí por primera vez no está claro. La versión que más circula por internet atribuye el invento a una patente de June E. Botich, de 2002. La patente existe —es la US6667697B2— pero describe otra cosa: unos accesorios de plástico que se colocan encima de las ocho teclas de la fila guía para que los dedos queden encajados entre bordes. No son los relieves de la F y la J, que ya venían de serie en teclados bastante anteriores. Es una atribución que se copia de un sitio a otro sin que nadie llegue a abrir la patente.
Me la apunto en la lista, al lado de la polilla de Grace Hopper.
Y por qué el teclado está desordenado
Ya que estamos: el orden de las letras tampoco es casualidad, aunque la explicación que todo el mundo repite sea la mala.
QWERTY sale de las máquinas de escribir de Christopher Latham Sholes, que presentó su primera solicitud de patente en 1867 y pasó los seis años siguientes moviendo teclas de sitio. En 1873 su socio James Densmore vendió los derechos de fabricación a E. Remington and Sons, y en 1878 la Remington nº 2 fue la primera que traía mayúsculas y minúsculas en la misma máquina. De ahí no se ha movido nadie desde entonces.
La explicación de bar dice que las letras se desordenaron para ralentizar a los mecanógrafos, no fueran a escribir demasiado rápido. No hay ningún documento que acredite ese propósito: ni la patente ni lo que se conserva de Sholes dicen nada parecido.
Y conviene afinar el argumento, porque el atajo fácil —«Sholes vendía máquinas de escribir, no iba a venderlas lentas»— no sirve. Una distribución puede perfectamente frenar ciertas sucesiones de teclas y aun así conseguir que se escriba más deprisa en total, sencillamente porque la máquina deja de atascarse. Lo que no está demostrado no es que se separaran letras: es que alguien pretendiera con ello reducir la velocidad del que escribe.
La versión seria tiene dos patas y no está cerrada. La clásica dice que se separaron las combinaciones de letras más frecuentes para que las barras de tipos no chocaran entre sí al volver: el problema no era la velocidad del mecanógrafo, era el atasco. La otra, que sostienen los investigadores Koichi y Motoko Yasuoka, de la Universidad de Kioto, mira quiénes fueron los primeros usuarios intensivos de aquellas máquinas —telegrafistas transcribiendo Morse en directo— y explica por ahí varias vecindades raras del teclado. La E pegada a la R, por ejemplo.
Y no, tampoco está demostrado lo de que la fila de arriba se ordenara para que un comercial pudiera teclear «TYPE WRITER» de una pasada delante del cliente. Se puede, es verdad. Que se hiciera a propósito es una historia bonita sin papeles detrás.
Lo que sí es cierto, y es lo interesante, es que llevamos siglo y medio con una distribución heredada de aquellas máquinas mecánicas, aunque los problemas que condicionaron su evolución hayan desaparecido por completo. Es el ejemplo de manual de dependencia del camino recorrido: cambiarla obligaría a reeducar a todo el mundo a la vez, así que no se cambia. Hay alternativas —la distribución Dvorak, patentada en 1936— y llevan noventa años sin conseguirlo. Que sean mejores, por cierto, tampoco está tan claro: los economistas Stan Liebowitz y Stephen Margolis se dedicaron en los noventa a revisar los estudios que lo demostraban y encontraron bastante menos de lo que prometían.

Un IBM Model M con distribución española. En la fila del medio se lee entera la fila guía, con la Ñ al final: es exactamente el teclado sobre el que tiene sentido «añada la sal a la salsa». Foto: Wilfredor, CC0.
La ñ tiene tecla propia
Detalle que a un angloparlante hay que explicarle dos veces: nuestra fila guía tiene diez letras, no nueve, porque la Ñ está ahí dentro, justo debajo del meñique derecho.
Es lo que convierte a «añada la sal a la salsa» en un ejercicio propio de la distribución española. En la estadounidense esa posición la ocupa el punto y coma, así que la frase, tal cual, no se puede ni escribir. Y a la derecha de la Ñ, en el nuestro, todavía quedan dos teclas: la del acento —que además es una tecla muerta, no escribe nada por sí sola, se queda esperando a la vocal siguiente— y la Ç, que está ahí sobre todo por el catalán y a la que casi nadie más encuentra utilidad.
Conviene no pasarse con la eñe, eso sí. Es verdad que un teclado español suele tener 105 teclas y uno estadounidense 104, pero esa cuenta compara dos formatos físicos distintos —ISO y ANSI—, y la tecla de más del ISO es la de al lado del Shift izquierdo, la de < >. La Ñ no añade ninguna tecla: ocupa una que en la distribución estadounidense se dedica a puntuación. Lo que cambia, y no es poco para lo que nos ocupa, es el alfabeto disponible en la fila guía.
«¿Tu teclado es QWERTY?»
Hay un recuerdo que va justo detrás de este y que durante años me pareció una rareza sin importancia: juegos de ordenador que, antes de dejarte empezar, te preguntaban qué teclado tenías. Y casi todos, además, con un «definir teclas» en el menú. No me acuerdo de cuáles, y tampoco voy a elegir uno para que la anécdota quede redonda. Lo que se me quedó fue la extrañeza: el ordenador tenía el teclado enchufado ahí delante. ¿Cómo que no lo sabía?
Pues no lo sabía. Y sigue sin saberlo.
Un teclado no manda letras. Manda identificadores de teclas. Cada pulsación corresponde a una posición física, y es después, ya dentro del ordenador, cuando una tabla decide qué carácter significa esa posición. La letra está pegada encima dos veces: una impresa en la tapa de plástico y otra en esa tabla. Cambia la tabla y la misma tecla escribe otra cosa, sin que el hardware se entere de nada.
Para un juego, eso era un problema serio. Si programabas «Q para subir», lo que fijabas en realidad era la posición física que en un QWERTY ocupa la Q; y en un teclado francés AZERTY esa misma posición no lleva una Q, lleva una A. Así que podía ocurrir perfectamente que un menú mostrase «[Q]uitter» y no respondiera al pulsar la tecla marcada como Q. Como el juego no tenía forma de averiguar sobre qué teclado lo estaban ejecutando, hacía lo único razonable: preguntar. O dejar que redefinieras las teclas y lavarse las manos.
Y esto no es arqueología. Sigue pasando y se sigue resolviendo igual, solo que ahora con mejores nombres. En un navegador, KeyboardEvent.code da la posición física y KeyboardEvent.key, el carácter o el significado que el sistema ha asignado a esa pulsación. Es la misma pareja de siempre con nombres mejores, y la documentación usa exactamente el ejemplo de hace un momento: KeyQ es la Q en un QWERTY, la A en un AZERTY y la comilla en un Dvorak. Un juego atado a la posición convierte su WASD en ZQSD sobre un AZERTY él solito, y en ,AOE sobre un Dvorak, sin escribir una línea de más. Uno atado a la letra conserva los nombres y pierde la geometría. Cuarenta años después, el mismo dilema y la misma respuesta.
Y aquí está por qué esto acaba en un artículo sobre una frase de mecanografía: el teclado nunca ha sabido qué letras tiene. Lo único que existe de verdad es la posición; la letra es un acuerdo pintado encima. Y resulta que eso es exactamente lo que aprendiste el día que te sentaste a repetir «añada la sal a la salsa»: no aprendiste letras, aprendiste geografía. Meñique izquierdo aquí, anular ahí al lado, y la Ñ al fondo a la derecha.
Aquel juego y mis dedos tenían el mismo modelo mental del teclado. La diferencia es que el juego tenía que preguntar.
1888: el año en que alguien dejó de mirar
Escribir sin mirar el teclado no es tan viejo como el teclado. Durante los primeros años lo normal era mirar: buscabas la tecla, la pulsabas y volvías al papel.
El 25 de julio de 1888, en Cincinnati, se organizó un duelo de mecanografía con 500 dólares en juego. De un lado, Frank Edward McGurrin, taquígrafo de un juzgado de Salt Lake City, que llevaba diez años escribiendo de memoria, sin mirar el teclado, sobre una máquina QWERTY con tecla de mayúsculas. Del otro, Louis Traub, profesor de mecanografía en la propia Cincinnati, que usaba ocho dedos, miraba las teclas y trabajaba sobre una Caligraph, una máquina con el doble de teclas: una fila para las minúsculas y otra para las mayúsculas.
Ganó McGurrin, y ganó de calle. Salió en las portadas.
Conviene no engordar la historia más de la cuenta: McGurrin no inventó nada aquel día, y que fuera el primero en escribir al tacto está discutido. Llevaba haciéndolo desde 1878. Lo que hizo el duelo de Cincinnati fue hacerlo visible —y, de paso, dejar bastante tocado al teclado de doble fila de la competencia—. A veces la historia no se queda con quien inventa, sino con quien se presenta a la exhibición.
De ahí sale la línea recta que llega hasta aquel programa del colegio: la idea de que las teclas se aprenden con los dedos y no con los ojos.
Mecanografía era una asignatura, y antes fue un oficio
Merece la pena recordar que la mecanografía no nació en el aula de informática. Llegó allí de rebote, después de casi un siglo siendo una salida profesional.

Anuncio del colegio de las Hijas de Nuestra Señora en Vergara (Gipuzkoa), 1944. Entre las «clases de adorno» que ofrecía a sus alumnas —música, idiomas, dibujo, pintura— aparecen la mecanografía y la taquigrafía. Foto: GipuzkoaKultura, CC BY 2.0.
Ese anuncio es de un colegio de Gipuzkoa de 1944 y me parece un documento estupendo, por dos razones.
La primera, que la mecanografía aparece en la lista de «clases de adorno», junto a la música, los idiomas, el dibujo y la pintura. Y ese adorno acabó siendo una de las pocas llaves de acceso al trabajo de oficina que tuvieron muchas mujeres. La feminización del empleo administrativo está bien documentada y fue rapidísima: en el Reino Unido las mujeres en oficinas no llegaban a mil en 1870 y eran 125.000 en 1911, con sueldos un 25 % más bajos que los de los hombres y sin ascensos. Una puerta estrecha y mal pagada, pero una puerta.
La segunda es más modesta de lo que me habría gustado escribir, y toca decirlo: el anuncio acredita que en 1944 se enseñaba mecanografía en un colegio de Gipuzkoa, pero no dice con qué método, ni si aquellas alumnas repetían frases parecidas a la mía. Lo que sí enseña es la continuidad del oficio: cincuenta años antes que yo, en la misma provincia, alguien se sentaba a aprender dónde estaba cada tecla. Cambió la máquina. La tarea, no.
Y durante décadas siguió siendo un requisito medible. Un montón de oposiciones —auxiliar administrativo, tramitación procesal— tuvieron su prueba de mecanografía con un mínimo de pulsaciones netas, descontadas las de los errores. La convocatoria de 2003 del Cuerpo de Tramitación Procesal lo dejaba escrito con precisión de reglamento: diez minutos de ejercicio, 280 pulsaciones netas de máquina mecánica para aprobar y 450 para el cien. Y, como en 2003 todavía convivían las máquinas, hasta una tabla de conversión: «347 pulsaciones de máquina electrónica equivalen a 280 en máquina mecánica». El BOE legislando el tipo de cambio entre dos tecnologías de teclear.
Por cierto, esa es la unidad española: pulsaciones, no palabras. En el mundo anglosajón cuentan words per minute y definen la palabra como cinco pulsaciones, así que aquellas 280 son unas 56 palabras por minuto. Una velocidad de oficina, no de exhibición.
Lo que aquel programa hacía bien sin decirlo
Aquí es donde el ejercicio de la salsa se pone interesante, porque el programa hacía tres cosas que hoy tienen nombre en cualquier manual de aprendizaje y que allí no llevaban ninguno.
Uno: una restricción por lección. No practicabas «el teclado». Practicabas cinco teclas hasta que dejaban de existir, y solo entonces llegaban las siguientes.
Dos: medición inmediata y sin dramas. Al terminar salían dos números: pulsaciones por minuto y errores. Ninguno de los dos era una nota. Podías repetir el ejercicio ahí mismo y ver si el número se movía, que es la definición práctica de un ciclo de realimentación corto.
Tres: repetición hasta que el gesto se va de la cabeza. Escribir al tacto es memoria de procedimiento, la misma con la que se monta en bicicleta: no se puede explicar, solo ejecutar. La prueba está en que casi nadie que escriba al tacto sabe decir de memoria dónde está la P, y sin embargo la acierta cien veces seguidas. Si intentas pensarla, fallas.
Y ahora la comparación que le debía al artículo de la tortuga de Logo, que es de hace una semana y donde dejé esto a medias.
En Logo el error aparecía dibujado: una figura torcida que te picaba y te invitaba a cambiar un número. En mecanografía el error aparecía contado: una cifra que subía o bajaba. Los dos son ciclos de realimentación cortos, los dos funcionan, y sin embargo enseñan cosas distintas.
Logo enseñaba una idea: un bucle, una función, un invariante. La mecanografía enseñaba una destreza: un gesto que solo se compra con horas. Y la diferencia no es que una se entienda y la otra no. Una idea puede encajar en un instante, aunque luego haya que volver a ella unas cuantas veces. Una destreza no encaja nunca de golpe: puedes entenderla el primer día, entenderla perfectamente, y seguir sin tenerla hasta que la has repetido lo suficiente.
Aquella asignatura mezclaba las dos sin distinguirlas y encima les metía en medio una tercera cosa —los programas concretos, con sus menús— que fue justo la que caducó. El otro artículo lo escribí para reivindicar la idea. Este lo escribo para reivindicar la destreza, que es la que más veces uso al día.
Treinta años después
Vamos con lo que aquello me dio, que es más de lo que parece y bastante menos glamuroso de lo que suena.
El teclado dejó de ser un obstáculo. Cuando no hay que buscar las teclas, la mano va al ritmo de la cabeza y no al revés. El cuello de botella pasa a ser pensar, que es donde tiene que estar. La diferencia entre alguien que escribe al tacto y alguien que no, en una jornada entera, no es tanto la velocidad como el número de veces que se rompe el hilo.
Puedo mirar la pantalla. Que es donde está el error de sintaxis, el autocompletado que ha propuesto una tontería y el párrafo que ya no dice lo que quería decir. Quien mira el teclado se entera de lo que ha escrito al final, cuando levanta la vista.
Los atajos salen gratis. Si las manos ya están en su sitio, Ctrl+K o Ctrl+Shift+P no cuestan nada. Si no lo están, cada atajo obliga a recolocarse y acaba saliendo más caro que ir al menú. Casi toda la gente a la que he visto renunciar a los atajos de su editor no renunciaba a los atajos: renunciaba a tener que volver a encontrar la fila guía.
Y una cosa que no esperaba: escribir rápido cambia lo que escribes. No mejora la prosa —ojalá—, pero permite tirar un párrafo entero y rehacerlo desde cero en lugar de remendarlo, que casi siempre es la decisión correcta y casi nunca se toma cuando reescribir cuesta cinco minutos.
¿Y ahora, que escribe la IA?
Es la pregunta razonable y me la he hecho. Si el código lo propone un modelo y yo lo reviso, ¿para qué quiero 280 pulsaciones por minuto?
Mi respuesta, después de un año largo trabajando así, es que hoy escribo más texto que nunca. Menos punto y coma y muchísima más prosa: describir lo que quiero, acotar el contexto, corregir a mano lo que ha salido regular, dejar documentada la decisión para el que venga detrás. El trabajo se ha desplazado de teclear estructuras a explicarse bien, y explicarse bien se hace escribiendo. Ya conté lo que pasa cuando alguien confunde eso con no escribir ni una línea.
Así que la destreza no solo no ha caducado: se ha revalorizado sin cambiar de forma.
Lo que sí ha desaparecido es la asignatura. En el recorrido escolar de los críos que tengo alrededor no aparece por ninguna parte, y tampoco veo que la haya sustituido nada equivalente: al teclado físico llegan con la técnica que se han montado ellos solos, que en un móvil y con dos pulgares es rapidísima y sobre una mesa y con diez dedos lo es bastante menos. No tengo claro que sea un drama, y tampoco tengo claro que no lo sea. Sé que a mí me han pagado durante veinticinco años por hacer, entre otras muchas cosas, exactamente lo que aquel programa me hizo repetir.
La deuda
En el artículo de la tortuga escribí que la mecanografía «da para su propio artículo, así que algún día lo escribiré». Ha sido una semana. Aquí está.
Y me sigue pareciendo notable que de una asignatura entera —de los menús, de los cuadros de diálogo, de las combinaciones de teclas que había que memorizar para un programa que ya no existe— lo que ha sobrevivido intacto sea una destreza que en 1888 ganó un duelo y una frase que solo parecía no decir nada.
Añada la sal a la salsa. Sin mover un dedo.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la fila guía del teclado y por qué se llama así?
Es la fila central de letras —en un teclado español, A S D F G H J K L Ñ— sobre la que descansan los ocho dedos antes de empezar a escribir y a la que vuelven después de cada pulsación en otra fila. Se llama guía porque es la referencia de posición: los índices se colocan en la F y la J, que llevan un relieve táctil para encontrarlas sin mirar, y a partir de ahí las demás teclas caen por posición relativa. En los métodos antiguos también se la llama fila dominante o fila de reposo.
¿Por qué las frases de los ejercicios de mecanografía son tan raras?
Porque están escritas con un alfabeto restringido. El método enseña primero la fila guía, luego la superior, luego la inferior y al final mayúsculas, números y signos, así que cada lección solo puede usar las teclas ya explicadas. «Añada la sal a la salsa» emplea únicamente a, ñ, d, l y s: las cinco están en la fila guía, de modo que la frase entera se teclea sin mover un solo dedo de su tecla de reposo. En literatura, un texto que se prohíbe letras a sí mismo se llama lipograma.
¿Es verdad que el teclado QWERTY se diseñó para escribir más despacio?
No hay pruebas de que se diseñara con ese propósito: ni la patente ni la documentación conservada de Christopher Latham Sholes dicen nada parecido. Las hipótesis serias relacionan la evolución del teclado con las limitaciones mecánicas de aquellas máquinas —separar las combinaciones de letras frecuentes para que las barras de tipos no chocaran al volver— y con las necesidades de sus primeros usuarios intensivos, entre ellos los telegrafistas que transcribían Morse, tesis de Koichi y Motoko Yasuoka (Universidad de Kioto). El recorrido exacto no está cerrado. Conviene además no simplificar: una distribución puede frenar ciertas sucesiones de teclas y aun así hacer que se escriba más deprisa en total, porque la máquina deja de atascarse.
¿Para qué sirven los relieves de las teclas F y J?
Son indicadores táctiles de la posición de reposo: permiten colocar los dos índices en la fila guía sin bajar la vista. Su origen concreto no está bien documentado, y la atribución más repetida en internet —una patente de June E. Botich de 2002— no corresponde: esa patente (US6667697B2) describe unos accesorios de plástico que se colocan sobre las ocho teclas de la fila guía, no los relieves de la F y la J, que ya venían de serie en teclados anteriores.
¿Por qué algunos juegos antiguos preguntaban si tu teclado era QWERTY?
Porque un teclado no envía letras, envía identificadores de teclas: cada pulsación corresponde a una posición física, y es después cuando una tabla del sistema decide qué carácter significa esa posición. Un juego programado para que la «Q» hiciera saltar estaba fijando en realidad la posición que en un QWERTY ocupa la Q, y en un teclado AZERTY —el francés— esa misma posición lleva una A, de modo que el control quedaba donde el jugador no lo esperaba. Como el programa no podía averiguar sobre qué distribución se estaba ejecutando, preguntaba, o dejaba redefinir las teclas. Sigue vigente: en la web, KeyboardEvent.code da la posición física y KeyboardEvent.key el carácter que el sistema asigna a esa pulsación, así que atarse a code convierte el WASD en ZQSD sobre un AZERTY sin código adicional.
¿Sigue mereciendo la pena aprender mecanografía si la IA escribe el código?
Sí, y probablemente más que antes. Trabajar con asistentes de IA desplaza el esfuerzo de teclear estructuras a explicarse bien: describir lo que se quiere, acotar el contexto, corregir lo que ha salido regular y dejar documentada la decisión. Eso es prosa, y la prosa se escribe. Escribir al tacto no acelera el pensamiento, pero evita que la mano lo interrumpa: el cuello de botella deja de ser el teclado y pasa a ser pensar, que es donde debe estar.
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