Cultura

Adiós a Tamariz: el mago que te dejaba creer que lo habías pillado

Juan Tamariz murió ayer a los 83 años. Fui a verlo al Kursaal con mi padre y no me acuerdo de ningún juego: me acuerdo de cómo sonaba la sala, silencio y carcajadas a partes iguales. Sobre las pistas falsas, la baraja Mnemónica, los cinco puntos mágicos y por qué comprarse los libros no convierte a nadie en mago.

Ayer, 18 de agosto, murió Juan Tamariz. Tenía 83 años y se fue por causas naturales en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Lo contó su hija Ana, que también es maga.

No soy mago. No tengo ninguna autoridad para escribir esto. Lo escribo igual, porque hay gente a la que le debes un rato de tu vida y la única forma de pagarlo es contarlo.

Juan Tamariz sobre el escenario, riéndose y levantando una carta

Juan Tamariz en el Teatro Circo Price de Madrid, en febrero de 2019. Foto: Diario de Madrid, CC BY 4.0. Imagen recortada.

El Kursaal, mi padre y una sala que no sabía si callarse o reírse

Hace años fui a verlo al Kursaal con Javier, mi padre. No sé decirte el año y tampoco me parece que importe.

Lo que sí recuerdo con una nitidez ridícula no es ningún juego. Es cómo sonaba aquella sala.

Iba a rachas. Había momentos de silencio absoluto —ese silencio raro de una sala entera que ha dejado de moverse a la vez porque está toda intentando lo mismo: pillarle. Mirarle las manos. Adelantarse. Entender por dónde va—. Y de pronto, risas. Muchas risas. Carcajadas seguidas, de las que te dejan tonto un rato.

Y así toda la función: apretar y soltar, apretar y soltar. Silencio para intentar entenderlo, carcajada para rendirse.

Salí de allí eufórico. De esas veces que vas por la calle sin parar de comentarlo.

Javier murió en enero de 2024. Ese es el problema de los recuerdos buenos: vienen con gente dentro.

Quién era, para quien solo lo recuerde de la tele

Juan Manuel Tamariz-Martel Negrón nació en Madrid el 18 de octubre de 1942, en una familia de Écija.

Estudió Ciencias Físicas y se formó en la Escuela Oficial de Cinematografía, donde llegó a dirigir cortometrajes. A principios de los setenta dejó el cine y se dedicó a la magia, que es la clase de decisión que solo parece obvia cuando ya ha salido bien.

En 1973 ganó el primer premio mundial de cartomagia en el Congreso Mundial de Magia de París. Era discípulo de Arturo de Ascanio y uno de los nombres centrales de la llamada Escuela Mágica de Madrid, que es la razón por la que la cartomagia española lleva medio siglo siendo referencia fuera de aquí.

Y luego está lo que vimos todos: el sombrero, la melena, las gafas y los vaqueros, en una época en la que el uniforme del ilusionista era el frac y la chistera. Los conejos de gomaespuma rojos. «Un, dos, tres», donde hacía de Don Estrecho. «Por arte de magia» en TVE, en 1982. «Chantatachán» en Telemadrid, en 1992, con Alaska. Y «Magia Potagia», el nombre con el que giró durante décadas y que ya funciona como sustantivo común.

Le dieron la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2011 y la Medalla de Oro de Madrid en 2019. A principios de los noventa lo eligieron Mago del Año en Estados Unidos. David Blaine lo describió como el mago de cartas más grande e influyente vivo.

Jorge Blass, que fue alumno suyo, resumió ayer lo que estaba pensando todo el mundo: era el último gran maestro que quedaba.

El «nia niaa niaaaaa»

Ahí está la clave y casi nadie la trata como tal.

El violín imaginario, el chan-ta-ta-chán, el «nia niaa niaaaaa» después de un juego imposible: parece el adorno. Es la estructura.

Un mago tiene un problema de partida que ningún otro artista tiene: el público sabe que le estás engañando. Has firmado un contrato en el que la gracia consiste en que tú sabes algo que ellos no, y encima no piensas contarlo. Eso, mal llevado, es insoportable. Es un tipo listo demostrándote que eres tonto durante hora y media.

Tamariz desactivaba eso en el primer minuto riéndose de sí mismo antes que de nadie. Con el pelo, con el sombrero, con lo mal que cantaba, con el violín que no existía. Cuando el que se sube al escenario es el primero en no tomarse en serio, ya no hay lista de tontos, hay una fiesta.

Y esto no es una idea de magia, es una idea de la vida: no puedes bromear sobre nadie si no eres capaz de hacerlo primero sobre ti mismo. Yo me lo aplico con frecuencia, sobre todo porque tengo material de sobra.

Las pistas falsas: la parte que sí es ingeniería

En 1987 publicó «La vía mágica», uno de los libros que ayudan a entender por qué era distinto a los demás.

La idea, muy resumida: no basta con esconder el método. Ocultar cómo se hace un juego es lo mínimo, y no produce asombro; produce, como mucho, curiosidad. Lo que produce asombro es otra cosa mucho más laboriosa.

El espectador, mientras mira, fabrica explicaciones. Todas. «Se la ha guardado en la manga», «la baraja está trucada», «tiene una carta duplicada», «el que ha elegido la carta está compinchado». Son las pistas falsas: las salidas que el público construye solo, sin ayuda, porque el cerebro no soporta lo imposible y prefiere cualquier cosa antes que rendirse.

El trabajo del mago —decía Tamariz— es dejar que las construyas y desmontártelas una a una, en el orden correcto, antes de que termine el juego. Se sube las mangas sin que se lo pidas. Te da la baraja para que la examines. Deja que la carta la elija otro. Y cuando llega el final, ya no te queda ninguna teoría de repuesto.

Lo imposible no es lo que no puedes explicar. Es lo que ya has intentado explicar y no te ha salido.

Aquí, si me permitís el desvío profesional, hay algo que me toca de cerca. En este blog he escrito sobre la falsa sensación de seguridad y sobre lo que pasa cuando das por hecho algo y no lo verificas. Las dos veces la conclusión era la misma: la explicación plausible es la peligrosa, porque tranquiliza y cierra la investigación.

Tamariz construyó una teoría entera sobre eso, pero desde el otro lado de la mesa. Él anticipaba las explicaciones plausibles a las que ibas a agarrarte y se ocupaba de desmontarlas antes del final. Es exactamente el mismo mecanismo, usado para hacer feliz a la gente en vez de para arruinarle el martes.

La Mnemónica: un orden que parece desorden

Su otra gran aportación tiene forma de baraja.

La Mnemónica es una ordenación de las 52 cartas que Tamariz se sabía de memoria en los dos sentidos: de la posición a la carta y de la carta a la posición. Con eso, «adivinar» una carta deja de ser un truco y pasa a ser una consulta.

En 2004 publicó «Sinfonía en Mnemónica mayor», dos volúmenes con más de cien juegos, un repaso histórico a las barajas ordenadas y un método para aprenderse el orden en tres horas. Y el detalle que convierte todo esto en una obra maestra: Tamariz desarrolló formas de llegar a ese orden sin que el público percibiera la preparación.

A quien se dedique a esto le va a sonar. Es un índice.

Lo que ve el espectador es una búsqueda imposible sobre un conjunto aleatorio: cincuenta y dos cartas desordenadas y un señor que acierta. Lo que hay debajo es una estructura ordenada y un acceso directo. El asombro no vive en el método: vive en la distancia entre el modelo mental del usuario y la implementación real.

Que es, dicho sea de paso, la definición de casi todo lo que llamamos «magia» en una interfaz. Cuando el buscador de una web responde antes de que termines de escribir, no ha leído tu mente: alguien montó un índice de madrugada.

Los cinco puntos mágicos

Escribió también «Los cinco puntos mágicos», que es un libro de magia sin apenas trucos dentro.

Los cinco puntos son la mirada, la voz, las manos, el cuerpo y los pies. Dónde miras y a quién —a todos, uno por uno, al empezar—. Cómo proyectas la voz para que llegue a la última fila. Cómo tienes las manos, que deben estar relajadas porque unas manos tensas cuentan la verdad antes que tú. Cómo te colocas.

Hoy ese libro se vende, con toda la razón del mundo, en la estantería de hablar en público.

La caja de Magia Borrás

De pequeños, mi hermano Taka y yo tuvimos la Magia Borrás.

La caja es más vieja que nuestros padres: la lanzó Enric Borràs Trulls en 1933, y la empresa de la familia Borràs venía funcionando en Mataró desde 1894. Un juguete que lleva casi un siglo haciendo lo mismo.

Dentro estaba todo: el cubilete de doble fondo, las cuerdas que se cortan y aparecen enteras, la varita, las bolas, los vasos, y un librito explicándolo. Hicimos todos los trucos. Todos. En el salón, con público obligado.

Y ya entonces se veía el problema, aunque yo no supiera nombrarlo: la caja te da el método y no te da absolutamente nada más.

Yo sabía cómo se hacía. Y no funcionaba.

Comprarse los libros no te convierte en mago

De mayor volví a caer. Me compré algún libro de prestidigitación, me pasé horas buscando trucos por internet, y aprendí exactamente lo mismo que ya sabía a los ocho años en el salón de mis padres.

El método es la parte fácil. El método está publicado, está en YouTube, está en la caja de 1933.

Lo difícil es el resto: los cinco puntos, saber llevar a una sala entera del silencio a la carcajada y devolverla al silencio, saber cuándo callarte, tener las manos relajadas cuando catorce personas te están mirando las manos, y una carcajada colocada justo antes del momento en el que la gente iba a empezar a sospechar.

Es un patrón que conozco bien de mi oficio: conocer la API no es tener el producto. La documentación es pública, el repositorio es público, el tutorial dura doce minutos. Y luego resulta que la parte que costaba era la otra, la que no se puede descargar.

Tamariz le dedicó un libro entero a la otra parte. Por algo será.


Datos biográficos contrastados con la Wikipedia en español y con las necrológicas de The Objective e Infobae del 18 de agosto de 2026. Las reacciones de la profesión, en el teletipo de agencia recogido ese mismo día. La fotografía es de Diario de Madrid, CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons, recortada.


El violín

Ayer, entre los cientos de mensajes de magos despidiéndose de su maestro, había una frase que se repetía: tu violín invisible seguirá sonando.

Es cursi. Me da igual. Es verdad.

Yo no sé cómo hacía ninguno de sus juegos. He tenido treinta años y una conexión a internet para averiguarlo y no lo he averiguado, y a estas alturas ya no creo que sea un fallo de investigación: creo que era el plan.

Aquella noche en el Kursaal aplaudí de pie, al lado de Javier. Ya no puedo repetir ninguna de las dos cosas.

Así que lo dejo escrito, que es lo único que sé hacer.

Gracias, maestro.

Nia niaa niaaaaa.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo y de qué murió Juan Tamariz?

Juan Tamariz murió el 18 de agosto de 2026, a los 83 años, en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, por causas naturales. La noticia la anunció su hija, la ilusionista Ana Tamariz. Había nacido en Madrid el 18 de octubre de 1942 con el nombre de Juan Manuel Tamariz-Martel Negrón, en una familia originaria de Écija.

¿Qué son las «pistas falsas» de Tamariz?

Son las explicaciones que el propio espectador construye mientras mira un juego: que la carta está en la manga, que la baraja está trucada, que hay un cómplice entre el público. Tamariz las desarrolló en «La vía mágica» (1987) y sostenía que el trabajo del mago no consiste en esconder el método, sino en dejar que el público levante esas hipótesis y desmontárselas una a una antes de que termine el juego. Cuando llega el final, al espectador no le queda ninguna teoría de repuesto, y ahí es donde aparece el asombro.

¿Qué es la baraja Mnemónica?

Es una ordenación concreta de las 52 cartas que el mago memoriza en los dos sentidos: sabe qué carta ocupa cada posición y qué posición ocupa cada carta. Convierte una búsqueda imposible en una consulta directa. Tamariz publicó su trabajo completo sobre ella en «Sinfonía en Mnemónica mayor» (2004), dos volúmenes con más de cien juegos, un repaso a la historia de las barajas ordenadas y un método para aprender el orden en unas tres horas. Tamariz desarrolló además maneras de llegar a esa ordenación sin que el público percibiera la preparación.

¿Cuáles son los cinco puntos mágicos?

La mirada, la voz, las manos, el cuerpo y los pies. Es el título de uno de sus libros y trata de la presencia del mago ante el público, no de trucos: a quién se mira y cuándo, cómo se proyecta la voz para llegar a toda la sala, por qué las manos deben estar relajadas y cómo se coloca uno en un escenario. Hoy se recomienda con frecuencia como manual de comunicación y de hablar en público, fuera del mundo de la magia.

¿En qué programas de televisión salía Juan Tamariz?

Fue popular en España desde los años setenta. Participó en «Un, dos, tres... responda otra vez», donde interpretaba al personaje de Don Estrecho, presentó «Por arte de magia» en TVE en 1982 y «Chantatachán» en Telemadrid en 1992 junto a Alaska, entre otros espacios. «Magia Potagia» fue el nombre con el que giró durante décadas y con el que se le identifica popularmente. Actuó además en cadenas de Estados Unidos, Japón, Reino Unido, Francia, Portugal y Chile.

¿Qué premios y reconocimientos recibió?

En 1973 ganó el primer premio mundial de cartomagia en el Congreso Mundial de Magia celebrado en París, que es el galardón que lo situó en la primera línea internacional. A principios de los noventa fue elegido Mago del Año en Estados Unidos. Recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2011 y la Medalla de Oro de Madrid en 2019. David Blaine llegó a describirlo como el mago de cartas más grande e influyente vivo.

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