El tío Juanma: Madrid, la puerta que me abrió y el hockey de Pablo y Jon
Hace unos días murió mi tío Juanma, el hermano de mi madre. Estos últimos años nos habíamos distanciado, y eso también lo cuento aquí. Pero antes hubo un Madrid, una casa que me acogió y una puerta que él me abrió cuando yo estaba empezando.
Hace unos días murió mi tío Juanma.
Llevo desde entonces dándole vueltas. A muchos recuerdos, a cosas que hacía tiempo que no recordaba y, también, a si escribir esto o no.
Porque hay una parte de la historia que no quiero esconder: durante los últimos años, por unas cosas y por otras, Elena y yo nos habíamos distanciado bastante de esa parte de la familia. La vida, las circunstancias, cada uno tirando por su camino. Un poco de todo, supongo.
Y ahora, visto con perspectiva, me da pena.
Pero una cosa no quita la otra. Al tío Juanma siempre le he querido mucho. Y siempre le he admirado.

El tío Juanma en el campo, al atardecer, con la bandera del hoyo en la mano. Foto: archivo familiar.
Antes que al profesional, a la persona
Le admiraba profesionalmente, eso para empezar. Tenía una trayectoria que yo, cuando andaba intentando encontrar mi sitio en este mundillo, miraba con una mezcla de respeto y de «a ver si algún día».
Pero quedarme solo con eso sería injusto, porque lo que admiraba primero era a la persona.
Siempre vi en él a un buen padre de familia, a un buen marido, a un buen hermano de sus hermanos —entre ellos mi madre, Vivi— y, por supuesto, a un buen tío. Era una de esas personas mayores a las que observas de crío, a tu manera y sin decir nada, y piensas: este hace las cosas bien.
Con los años llegó una faceta que yo apenas pude conocer, la de abuelo. Por la distancia de estos últimos años, esa parte me la perdí. Vivi nos iba contando cosas y mandando fotos, y de alguna manera seguíamos viendo desde lejos cómo crecía la familia. Conociéndole, no me cuesta nada imaginar que también fue un abuelo estupendo.
Madrid
Hay una etapa que estos días me viene especialmente a la cabeza.
Durante una temporada viví en Madrid. No sabría decir ahora si fue un año o dos —con el tiempo hay cosas que se difuminan y otras que se quedan clavadas—, pero sí sé que en aquella época el tío Juanma fue un apoyo importante para mí.
Dormí en su casa. Allí estaban también la tía Marta y mis tres primas, María, Marta y Mónica. Me acogieron como uno más.
Y no solo me ayudó en lo personal. Fue él quien me puso en contacto con una agencia de publicidad de Madrid en la que acabé entrando de prácticas. Aquello me permitió seguir aprendiendo, coger algo de oficio y dar unos cuantos pasos más de los que habría dado por mi cuenta.
Entonces seguramente no fui del todo consciente de lo que significaba. Hoy sí.
Con los años uno aprende que abrirle una puerta a alguien que está empezando no es ninguna tontería. Es confiar en esa persona. Es poner tu nombre por delante. Después ya será ella la que tenga que aprovecharla, claro. Pero alguien tiene que abrir la puerta.
Y el tío Juanma abrió una para mí.
Lo que cuentan los que trabajaron con él
Estos días he leído varios textos escritos por gente que trabajó con Juanma a lo largo de su vida. Personas que conocieron de cerca esa faceta suya que yo veía desde fuera.
Hablan de su trayectoria, de las empresas por las que pasó, de los proyectos que dirigió, de su manera de llevar equipos. Pero pasa una cosa curiosa: cuando llega el momento de recordarle, los cargos y las empresas se van quedando en un segundo plano.
Y lo que queda es esto. Su optimismo. Su energía. Su generosidad. Que escuchaba. Que confiaba en la gente. Que ayudaba a los demás a crecer. Su sonrisa, que no se le caía nunca.
Y mientras lo leía pensaba: ese era el tío Juanma.
Para muchos era Juan Manuel Lizariturry. Para mí era el tío Juanma.
El Juanma de siempre
Mi prima Mónica leyó en la despedida un texto precioso. Pedía una cosa que me gustó especialmente: que no recordáramos al Juanma enfermo de los últimos tiempos, sino al Juanma de siempre.
Al de la energía que parecía no acabarse nunca. Al que escuchaba. Al que daba consejos. Al que pensaba bien de la gente. Al futbolero. Al loco del golf. Al que disfrutaba estando rodeado de gente.
Ese es también el Juanma que yo quiero recordar.
Y luego estaba el hockey
Porque aunque estos últimos años nos viéramos poco, entre Juanma y yo quedó un hilo fino que no llegó a romperse nunca: el hockey patines.
Pablo y Jon juegan desde pequeños. Y el tío Juanma también había jugado en sus tiempos.
Así que de vez en cuando hablábamos. Un mensaje por aquí, otro por allá. Me preguntaba por ellos, por cómo les iba, por cómo llevaban la temporada.
No voy a decir que habláramos mucho, porque no sería verdad. Pero hablábamos. Y a mí siempre me hacía ilusión.
De alguna manera, el hockey de Pablo y Jon mantuvo un hilo entre nosotros cuando casi todo lo demás nos había ido alejando.
Mis primas
Y en medio de la tristeza de estos días ha pasado también algo que para mí significa mucho: he vuelto a hablar con María, Marta y Mónica.
Hacía muchísimo tiempo que no hablábamos así. Y ha sido bonito. Hemos recordado cosas, hemos hablado de nuestras familias, de nuestros hijos, de lo mayores que están ya todos y de todos estos años que se han ido pasando casi sin darnos cuenta.
Y hemos hablado de vernos.
No sé qué pasará a partir de ahora, y tampoco quiero hacer grandes promesas de esas que luego la vida se encarga de complicar. Pero siento que hemos recuperado un hilo que llevaba demasiado tiempo casi perdido. Y para mí eso ya es mucho.
Conociendo al tío Juanma y lo importante que era para él la familia, creo que esto le habría gustado.
Gracias, tío Juanma
Cuando alguien se va es inevitable mirar hacia atrás. Aparecen los recuerdos buenos, sí, pero también los «podría haber», los «deberíamos haber» y todo lo que ya no se puede cambiar.
Claro que me habría gustado que estos últimos años hubiéramos estado más cerca. Me habría gustado conocer al abuelo Juanma. Me habría gustado que nuestras familias hubieran compartido más cosas. Y me da pena habérmelo perdido.
Pero no quiero que mi recuerdo del tío Juanma sea la lista de lo que me perdí. Prefiero quedarme con lo que sí tuve.
Con el tío al que admiraba de crío. Con el hermano de mi madre. Con el padre de mis primas. Con el Juanma de aquella casa de Madrid, el que me acogió cuando lo necesitaba. Con el profesional al que miraba desde abajo. Con el que confió en mí cuando estaba empezando y me abrió una puerta.
Y, tantos años después, con el que seguía preguntándome por Pablo y Jon y hablando conmigo de hockey patines.
Estos días he visto a mucha gente recordar al profesional, al amigo, al padre y, sobre todo, a la persona. Yo solo puedo hablar de mi tío. Y tuve la suerte de tener un tío al que quise mucho y al que siempre admiré. Como profesional, sí. Pero mucho más que eso: como persona.
Gracias por todo, tío Juanma.
Por Madrid. Por aquella oportunidad. Por los consejos. Por el ejemplo. Y por seguir preguntando, tantos años después, por el hockey de Pablo y Jon.
Un abrazo enorme.
El blog, día a día
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