Cultura

Zorionak, Taka: mi hermano mayor va 423 días por delante

Mi hermano Taka nació un 2 de agosto y hoy es 2 de octubre. Le felicito con dos meses de retraso y a propósito, porque una fecha de publicación es un dato y no una portada. El hermano mayor que sale en medio blog sin haber sido nunca el tema de ninguno.

Esta mañana he publicado un artículo sobre las recreativas y sale ahí, como sale en casi todo lo que escribo de cuando era pequeño, alguien que nunca ha tenido artículo propio: Taka, mi hermano mayor.

Hoy toca que salga él solo.

Hoy no es su cumpleaños

Taka nació el 2 de agosto. Hoy es 2 de octubre.

Podía haber fechado el artículo hacia atrás, pero aquí el año y el mes de la fecha de publicación son los que construyen la dirección del artículo: mentir en la fecha sería mentir en la URL. Y esperar al año que viene tampoco me valía, que un año es mucho tiempo para tener a un hermano en la cola de pendientes.

Así que me quedo con el día y cambio el mes, solución con precedentes ilustres: hace un mes conté aquí que Google se fundó un 4 de septiembre y sopla las velas el 27, porque la fecha se ha ido moviendo «según cuándo a la gente le apetece tarta». Si ellos pueden, yo también.

Zorionak, Taka. Con dos meses de retraso y a propósito.

Cuatrocientos veintitrés días

Las dos fechas ya están publicadas aquí. Él nació el 2 de agosto de 1979 —lo dejé caer en el artículo de mi padre, contando que aquel día Javier fue padre por primera vez— y yo el 28 de septiembre de 1980.

Trece meses y veintiséis días. Cuatrocientos veintitrés, si los cuentas en la unidad que no discute, porque los meses tienen longitud variable y los días no. Y ahí dentro va el 29 de febrero de 1980, que es un día que solo existe uno de cada cuatro años.

Cuatrocientos veintitrés días es nada. Es la distancia justa para que no haya un solo recuerdo mío que empiece sin él dentro. No tengo un estado inicial sin Taka: el primer registro que conservo ya viene con mi hermano incluido, y a partir de ahí no hay ni un hueco.

Está en el reparto de los castillos de He-Man —él tenía Grayskull, yo Snake Mountain, y la espada venía partida en dos, así que había que negociar—. Está en las monedas de la recreativa y en el mando que se compartía porque solo había uno.

Y está, sobre todo, en una escena que tengo grabada con una nitidez sospechosa. El 286 del salón, un juego que no arranca porque le faltan los últimos kilobytes de memoria convencional, y los tres alrededor de la mesa: yo en el teclado peleándome con el config.sys, Javier por encima del hombro diciendo «prueba a quitar el CD-ROM», y Taka sujetando el manual abierto por la página de los parámetros. Esa era su función y no era pequeña: alguien tenía que tener el libro abierto por la página correcta mientras el otro escribía, y aguantarlo ahí el rato que hiciera falta. Cuando aquello por fin arrancaba, la victoria no era de uno.

Fotografía antigua en blanco y negro: un hombre con bigote agachado junto a una cocina de camping montada sobre bloques de hormigón, un niño pequeño metiendo las manos en una caja de cartón y otro algo mayor de pie a la derecha, con tiendas de campaña y coches al fondo

Javier, Taka —de pie— y yo, de camping, como tantas veces. La cocina iba sobre dos bloques de hormigón. Archivo familiar.

No es que le mencione mucho. Es que estaba.

Javier, Taka y el nombre que resuelve

Mi hermano se llama Javier. Igual que nuestro padre.

Pero a él prácticamente nadie le llama Javier. Le llaman Taka, y lleva tanto tiempo siendo así que el mote hace todo el trabajo del nombre: es el que dice la gente, el que contesta y el que sirve para encontrarle. Javier es lo que figura en los papeles; Taka es lo que resuelve.

En mi oficio esto pasa continuamente y tiene nombre técnico. Un dominio no es una máquina: es un nombre que apunta a otro sitio. Nadie escribe la dirección de verdad, nadie se la sabe y a nadie le hace falta, porque el nombre por el que preguntas y el nombre que hay detrás pueden ser distintos sin que se rompa nada. Lo único que importa es que apunte bien. Y el de mi hermano apunta clavado desde hace décadas.

A mí me pasa lo mismo con menos éxito. Para Javier, para Vivi y para buena parte de la familia yo no soy Esteban: soy Tatón. Lo que ocurre es que, según fui saliendo al mundo profesional, fui dejando ese nombre atrás. No por vergüenza —dejar un nombre a un lado y renegar de él no son la misma operación—, sino porque un mote de casa no entra bien en una firma de correo.

Los dos nombres son míos. Firmo Esteban y contesto a Tatón.

En el artículo de Javier escribí que Taka y Tatón eran dos motes con su propia historia y que no era aquella. Sigue sin ser esta: de dónde salen exactamente es para otro día. Lo que sí puedo contar hoy es cómo funcionan, que es siempre juntos. Taka y Tatón. Tatón y Taka. Rara vez he oído uno de los dos sin que el otro apareciera en la frase siguiente.

Ser la sombra de alguien

Trece meses no dan para dos infancias distintas, pero sí dan para un orden. Él llegaba antes a todo. A los juguetes, a los grupos, a las salidas, a las respuestas. Y yo iba detrás, mirando qué hacía, a qué velocidad y cómo le salía.

He crecido siendo su sombra. O al menos así lo he sentido yo.

Durante mucho tiempo lo viví como una desventaja, y he tardado en darme cuenta de que la palabra que buscaba no era sombra, sino referente. Un referente no es el que vale más. Es el que fue primero, y por eso puedes verle desde donde estás. Que alguien vaya cuatrocientos veintitrés días por delante significa que hay algo delante, y tener algo delante es una suerte que no se aprecia hasta que falta.

Lo que no te mata

Taka y yo hemos vivido muchas cosas juntos. Muchas buenas. Algunas no.

De las segundas no voy a contar nada aquí, porque no son solo mías y porque un blog no es el sitio. Pero tampoco voy a fingir que no existieron, que es la otra manera de mentir con la fecha.

Se dice que lo que no te mata te hace más fuerte, y esa frase, leída al pie de la letra, es falsa: hay cosas que no te matan y te dejan claramente peor. Lo que sí es cierto —y es más pequeño, y es mejor— es que algunas de aquellas cosas no las habría pasado solo. Y no las pasé solo.

Cuando murió Javier

Hace un par de años se murió Javier.

Fue inesperado y fue duro, y lo fue para los dos, porque Javier era un referente para los dos. Ahí tomamos juntos una decisión complicada: no hubo funeral y no hubo tanatorio. Javier no habría querido eso. Pero teníamos claro que había que hacer algo, y lo hicimos.

La idea fue en gran parte suya. El trabajo, también. Yo aporté lo que pude —que no fue poco, pero tampoco fue lo gordo— y una parte la pensamos entre los dos. Si me pongo en el papel que me tocó, hice de pinche: llevé cosas, monté cosas y resolví cosas. El que se lo curró fue él.

Cómo se montó aquello merece otro artículo. Lo que toca decir aquí es lo que dejaron claro aquellos días: cuando hizo falta coger lo más difícil que hemos tenido delante y convertirlo en algo, lo cogió él.

Heavy, cerveza y un juego de palabras

A Taka le va el heavy. Le va mucho, le ha ido siempre, y no de la manera de tener cuatro discos: ha estado en algún que otro grupo.

Para uno de ellos hice yo la web, hace años. Se llamaban HellDamm, y el nombre —creo que fue idea suya, y no me sorprendería en absoluto— es un juego de palabras entre hell, el infierno, y Voll-Damm, la cerveza, que es otra de sus grandes aficiones. Un grupo de heavy llamado a la vez como la condenación eterna y como una doble malta. No se puede resumir mejor a una persona en dos sílabas y media.

Entender el cacharro antes de tocarlo

Hoy Taka es técnico de sonido y trabaja en Telesonic. O sea, que acabó haciendo exactamente lo mismo que hice yo: coger aquello que le gustaba cuando no le pagaba nadie y convertirlo en la manera de ganarse la vida. Yo con los ordenadores, él con el sonido.

Y creo que eso se nota a la hora de ejecutar. Quien lleva años montando y desmontando equipos porque le apetecía llega al trabajo con un montón de horas que no figuran en ninguna nómina. No es que trabaje más: es que empezó antes.

También sabe la otra cara, la que no sale en las frases motivacionales: cuando la afición es el oficio, te quedas sin la habitación a la que ibas a descansar de trabajar. Eso hay que administrarlo. Los dos lo sabemos.

La manera de tomárselo en serio nos viene de Javier, creo, aunque los tres acabáramos en ramas que no se parecen en nada. Lo suyo estaba en el agua. Lo de Taka es el sonido. Lo mío son las webs. Tres oficios distintos y el mismo procedimiento: entender el cacharro antes de tocarlo.

Y encima, deporte

Le dio al skate y al longboard, y bastante extremo. Lanzarse cuesta abajo sobre una tabla no es exactamente un deporte: es un cálculo de riesgo hecho a ojo y a mucha velocidad.

Y antes que eso, en el artículo del Arraun Lagunak conté que Taka remó en el Fortuna, mucho antes de que yo me diera por enterado de que el remo llevaba rondando la familia. Otra vez lo mismo: él primero.

Si pones sus aficiones seguidas —heavy, longboard, trainera, mesas de sonido— sale un patrón bastante claro: volumen alto y poco margen de error.

Zorionak

Este blog lleva cuatro meses en pie y Taka ha salido ya en siete artículos sin ser el tema de ninguno. Es lo que tiene ser el decorado de la infancia de otro: sales en todas las fotos y en ninguna eres el motivo.

Así que hoy, dos meses tarde y con toda la intención, tres cosas verdaderas:

  1. Que ir cuatrocientos veintitrés días por delante no era una ventaja tuya, era un favor mío. Alguien tenía que ir abriendo, y te tocó a ti.
  2. Que de las cosas buenas me acuerdo con detalle, y de las otras me acuerdo con quién estaba, que a la larga es el dato que mejor se conserva.
  3. Que lo de Javier lo montaste tú, y que eso lo sabe todo el que estuvo allí.

En el artículo de Javier terminé escribiéndote una línea: que el próximo circuito lo montamos nosotros.

Sigue en pie.

Zorionak, Taka.

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